Dios a la Carta
El Ladrillo Babélico - Accessus y Acceso en la Iglesia-Plataforma
May 25, 2026
“Alli donde el tabernáculo deja de ser el centro, la Santa Misa adopta la forma de un circulo druídico: el celebrante se convierte, por estructura, en un shaman ritual, y no en ministro del Santisimo Sacramento.”
Indice
- I. El Cuarto Cerrado y la Capilla Encendida
- II. El Principio Subyacente
- III. El Desplazamiento del Sagrario
- IV. El Ladrillo Babélico
- V. El Sacramento en Transmisión
- VI. Lo que el Alma Pierde
- VII. La Inversión en la Palma
- VIII. Mantener lo Sagrado Sagrado
- Referencias
I. El Cuarto Cerrado y la Capilla Encendida
Hay una instrucción en el corazón de cómo se le enseña a orar a un cristiano, y es tan sencilla que casi ha dejado de oírse. Entra en tu cuarto, cierra la puerta, y habla con tu Padre en secreto. El cuarto cerrado. La puerta cerrada. El silencio antes del hablar. La instrucción no trata principalmente sobre la piedad. Es una prescripción fenomenológica: describe las condiciones bajo las cuales un alma puede estar presente ante aquello que la sostiene en el ser. El cuarto cerrado no es un lugar. Es un estado de retiro respecto del ruido que llena todo otro espacio, para que la pregunta pueda formarse y la palabra pueda ser dirigida.
La Iglesia católica ha llevado, durante dos mil años, está instrucción a la escala de la arquitectura. El edificio de la iglesia era el cuarto cerrado hecho comunitario. Sus puertas se cerraban tras el cuerpo que entraba. Su silencio sostenía a la asamblea. Su centro – el sagrario, la lámpara ardiendo a su lado – era el anuncio estructural de que el Señor estaba allí, en el sentido más estricto posible: la Presencia Real reservada en la Hostia, no representada, no simbolizada, no aludida, sino allí. La arquitectura era la catequesis. El cuerpo que cruzaba el umbral no necesitaba que le dijeran qué clase de lugar había pisado, porque la geometría se lo decía. El ojo encontraba el sagrario. El cuerpo se arrodillaba. La instrucción de entrar en el cuarto y cerrar la puerta había sido construida, en piedra, a la escala de una comunidad.
Y la capilla encendida – la capilla lateral o la iglesia parroquial con la lámpara encendida durante la noche, la puerta abierta, el Sacramento reservado – era la extensión temporal de la misma arquitectura. El ir era parte de la oración. Levantarse de la cama a medianoche, caminar por calles oscuras, empujar una puerta pesada y arrodillarse en un espacio vacío de todos excepto de Aquel que estaba allí: esto no era un inconveniente que la piedad superara. Era la forma estructural del tercer momento del retorno. El hijo pródigo no se levanta para hacer un en vivo, ni convierte el lugar sagrado en fondo de una selfie pensada para su audiencia. El hijo pródigo se levanta y va. El ir es el volverse. El cruzar el umbral es la contrición completada en el cuerpo. La capilla de medianoche era la contraparte temporal de la parábola – la condición bajo la cual un alma que había vuelto en sí en las horas oscuras, después de la traición, después de la botella, después de la comprensión de que algo se había perdido, podia ejecutar el tercer momento en la misma hora en que el reconocimiento la había alcanzado. La geometría del ir era la geometría del alma volviendose.
El accessus – la palabra latina para el acercamiento del alma a Dios, usada por Aquino y por toda la tradición escolástica como el nombre estructural de lo que la devoción es – no es la misma palabra que acceso. El accessus es lo que el cuerpo y el alma hacen juntos cuando se acercan. El acceso es lo que un servicio es cuando está disponible. La nueva imaginación pastoral ha confundido estas dos cosas, y la confusión es el diagnóstico.
II. El Principio Subyacente
Antes de que el diagnóstico pueda desarrollarse, debe nombrarse el principio que lo gobierna, porque toda afirmación que sigue es una consecuencia de él. El principio es este: la simulación de un encuentro suprime la búsqueda del encuentro real. Donde a un alma se le ofrece una representación de lo que necesita, la representación puede saciar el hambre que habría llevado al alma hacia la cosa real. El hambre no es satisfecha; es preempleada. El alma que ha consumido la fotografía de la comida cree, por un tiempo, que ha comido. El hambre que la habría llevado a la mesa ha sido desplazada hacia una sensación de plenitud, y la mesa no es buscada. Este es el patrón estructural que opera dondequiera que la simulación se ofrece en lugar de la presencia, y opera sobre el fiel católico en el momento en que extiende la mano hacia lo que la Iglesia, en una medida significativa, le ha enseñado que ahora está disponible sin necesidad de venir.
Todo lo que sigue en este ensayo es la aplicación de este único principio a aspectos específicos de la vida católica contemporánea. El desplazamiento arquitectónico del sagrario. La respuesta del cuerpo ante el edificio reordenado. El teléfono en el banco durante la Misa. La transmisión de la Adoración veinticuatro horas. La reprogramación de la Exposicion. El contenido católico para miembros únicamente. El cierre de las capillas por la noche. Cada uno es una forma particular del mismo desorden: simulación en lugar de presencia, contenido en lugar de encuentro, acceso en lugar de accessus. La polémica que sigue no es contra una iniciativa particular ni contra una persona particular. Es contra la estructura que estas iniciativas comparten, que es la estructura de la búsqueda preempleada.
La tecnología misma no es el desorden bajo examen. Los medios digitales han extendido la comunicación, la educación, el cuidado pastoral y la evangelización de maneras de auténtico valor humano. La vida cristiana ha empleado siempre la mediación. La preocupación aquí es más estrecha: el momento en que la mediación se confunde con la equivalencia, cuando la representación sustituye al acercamiento encarnado, y cuando la conveniencia preemplea la búsqueda que ciertos encuentros requieren.
III. El Desplazamiento del Sagrario
En el Rito Latino durante los últimos cincuenta años, particularmente aunque no exclusivamente en Norteamerica y Europa Occidental, una ola de reordenamiento arquitectónico desplazó al sagrario de la posición central axial que había ocupado desde la Contrarreforma, relegándolo en muchos casos a una capilla lateral, a un anexo, o a una posición visible solo mediante búsqueda deliberada. No fue un fenómeno del mundo católico en su totalidad – muchas parroquias no lo emprendieron, muchas regiones y ritos preservaron el sagrario central, y muchas iglesias recientes han revertido la tendencia – pero fue lo suficientemente extendido en las parroquias que dan forma a la experiencia de un gran número de católicos contemporáneos como para que sus efectos sean ahora legibles en el cuerpo de los fieles que adora en tales iglesias. El reordenamiento se defendió frecuentemente como una clarificación de la jerarquía litúrgica, con el altar y el ambón enfatizados como los lugares de la celebración. El Concilio que a menudo se invoca como garante de este reordenamiento no exige, en sus documentos, el desplazamiento del sagrario. Sacrosanctum Concilium llama a la participación activa de los fieles y a la noble sencillez del rito; no llama a que la Presencia Real sea desplazada del centro del edificio. El reordenamiento fue un movimiento pastoral y arquitectónico que ocurrió en el período posterior al Concilio; no fue ordenado por el Concilio mismo, y tratarlo como idéntico a las reformas del Concilio confunde una implementación discutida con los textos conciliares en sí.
El reordenamiento, donde ha ocurrido, no es un ajuste litúrgico menor. Es una inversión de aquello para lo cual el edificio existía. La iglesia antigua comunicaba, por el simple hecho de su geometría, que la Presencia Real era la razon de que la arquitectura existiera. Todo apuntaba hacia el sagrario. El cuerpo que entraba era orientado, por el edificio mismo, hacia aquello que el edificio resguardaba. La nueva disposición comunica otra cosa. La asamblea es el foco. La comunidad reunida es a lo que el edificio apunta. El Señor sigue presente – en la capilla lateral, en el anexo, en algún lugar – pero el Señor ya no es el centro estructural. El eje vertical se ha debilitado. El cielo arriba y el sagrario abajo, encontrandose en el adorador que se arrodilla entre ellos, ha sido relegado en favor del círculo de los reunidos, mirándose unos a otros, con quienquiera que este de pie delante de ellos como el foco de su atención.
Esto es lo que se quiere decir con la pérdida de lo sagrado en el nivel donde la pérdida es más difícil de revertir. Las palabras pueden ser reemplazadas. Las traducciones pueden ser revisadas. Los programas catequéticos pueden ser reescritos. Pero los edificios son tercos. Un edificio da forma al cuerpo por su geometría, y la geometría enseña al cuerpo qué clase de lugar es este. El cuerpo que entra en una iglesia donde el sagrario está en el centro es orientado más fácilmente, por la arquitectura misma, a reconocer que este es un lugar donde algo está presente que no lo está en otro sitio. El cuerpo que entra en una iglesia donde el sagrario ha sido desplazado encuentra debilitada o ausente la señal arquitectónica; la catequesis que el edificio antiguo realizaba sin palabras debe ahora ser realizada por otros medios, y otros medios son más lentos, menos confiables, y más fácilmente ignorados. La arquitectura no determina la conducta, y los católicos fieles oran bien en todo tipo de edificio. Pero la arquitectura da forma a la conducta, y a lo largo de las generaciones la forma se vuelve hábito. El edificio reordenado no hace imposible la oración. Hace que una clase particular de oración sea más difícil de surgir naturalmente, porque el cuerpo ya no está siendo entrenado, por el simple acto de entrar, en qué clase de oración corresponde a este lugar.
Este argumento no trata de una preferencia por los edificios antiguos. Una iglesia construida mañana con el sagrario en el centro arquitectónico y la lámpara ardiendo a su lado serviría al propósito estructural igualmente; una iglesia de mil años reordenada para desplazar el sagrario fallaría en él. La edad del edificio es incidental. La geometría es lo que importa. La defensa que aquí se monta no es nostalgia por un estilo pasado sino el reconocimiento de que ciertos arreglos estructurales instancian la geometría que el cuerpo necesita para ejecutar la contrición en tres momentos, y otros arreglos no. El arreglo es lo que se defiende, no el siglo.
IV. El Ladrillo Babélico
Y así el teléfono sale del bolsillo. La crítica aquí no es del aparato como instrumento de comunicación, trabajo, o coordinación humana ordinaria, sino de la estructura por la cual este se convierte en sustituto del encuentro. La pantalla se enciende en el banco. Las notificaciones llegan en medio de la Plegaria Eucarística – una pieza de ladrillo babélico, lo suficientemente pequeña como para sostenerse en la palma, lo suficientemente brillante como para reorientar el ojo lejos del altar exactamente en el momento en que el altar más exige al ojo. El hombre con la camiseta de fútbol pasa el dedo por la notificación mientras el sacerdote eleva la Hostia. No es malicioso. No está profanando deliberadamente nada. Esta respondiendo a la arquitectura más honestamente de lo que el mismo sabe. Donde el edificio anuncia con mayor claridad que este es un lugar donde algo está presente que no lo está en otro sitio, el teléfono tiende a quedarse en el bolsillo; donde el anuncio del edificio se ha debilitado, el teléfono tiende a salir. El desorden no está principalmente en el cuerpo de este hombre. Esta, en grado sustancial, en el edificio que ha perdido parte de su capacidad para enseñar a su cuerpo lo que ninguna homilía puede enseñar a un cuerpo cuyo teléfono está en su mano.
El ladrillo es babélico en dos sentidos, y ambos pertenecen al diagnóstico.
El primer sentido es la confusión de las lenguas. La Misa es, en su constitución, la reunion de una multitud en un único Ahora – la asamblea congregada en el hic et nunc del Sacrificio, cada alma presente en el mismo altar en el mismo instante, la dispersión del Genesis revertida por la Eucaristía como fue revertida en Pentecostés. El teléfono destroza esto. Cada alma en el banco está en un feed distinto. Cada pantalla entrega una corriente diferente de contenido curado, una inflexión diferente del algoritmo, un fragmento diferente del ruido que el algoritmo ha sintonizado para esa alma particular. La atención unificada de la asamblea se disuelve en mil dispersiones privadas. El cuerpo está en la Misa. La mente está en mil otros lugares, ningun par de ellos el mismo. Pentecostés es revertido en el edificio que Pentecostés hizo posible. La dispersión de Babel se reafirma en el momento de la Eucaristía, en el aparato que el adorador ha traido consigo y se niega a soltar.
El segundo sentido es el proyecto mismo de Babel. Edifiquemonos una ciudad y una torre cuya cumbre llegue al cielo. La Torre de Babel fue el modelo a la carta original. La aspiración era hacer las alturas disponibles por la fuerza de la construcción humana, tomar el cielo sin pedirlo, escalar hasta lo sagrado por la sola fuerza de la ingeniería. Dios dispersó a los constructores no porque las alturas esten prohibidas para ser buscadas, sino porque las alturas no estan disponibles para ser alcanzadas en esos términos. Las alturas estan disponibles para ser recibidas como don. El proyecto de Babel fue el rechazo de esa condición. El teléfono se convierte en ladrillo babélico cuando se configura como sustituto del encuentro en vez de instrumento de la comunicación. Cielo a la carta. El Sacramento en transmisión. La Presencia Real en la palma de la mano. La aspiración es identica a la de Babel; solo la tecnología ha mejorado. El ladrillo es pequeño porque la ingeniería es mejor. El desorden es el mismo desorden.
V. El Sacramento en Transmisión
Y la Iglesia no siempre ha resistido esto. Partes sustanciales del aparato pastoral contemporaneo lo han abrazado. La transmisión de la Adoración de veinticuatro horas ofrece ahora a los fieles acceso continuo al Santísimo Sacramento desde cualquier parte del mundo. La Hora Santa está disponible a la carta. La Exposición que antes se celebraba el Jueves – anclada en la noche de la Ultima Cena, cuando Cristo pidió a sus discipulos que velaran con el una hora – ha sido en muchos lugares movida al Viernes, al Domingo, o al dia que mejor convenga a las métricas de asistencia y a la programación del contenido. Las razones que se dan son pastorales. La estructura que en verdad se ha importado es la estructura de la plataforma.
Una distinción es debida antes de que la polémica proceda, porque la polémica no es contra todo uso de la transmisión. La Iglesia ha extendido siempre la comunión espiritual a quienes no pueden llegar a la capilla – los postrados en cama, los hospitalizados, los religiosos de clausura cuya enclaustramiento impide el viaje, los fieles con discapacidad para quienes el acceso físico es genuinamente imposible. Para tales almas, la transmisión de la Adoración es una extensión de lo que la Iglesia ha hecho en la práctica pastoral durante siglos: el llevar el Sacramento, o los medios de unión espiritual con el, a aquellos que estructuralmente no pueden venir. Este no es el desorden bajo análisis aquí. El desorden es la transmisión que se ha vuelto el modo predeterminado para quienes podrían venir – el alma que abre la aplicación a medianoche en vez de caminar hasta la capilla que solía estar abierta a medianoche, el feligrés que ve la homilía en línea en vez de asistir a la Misa que se ofrece a tres cuadras, el catecúmeno que se forma principalmente por contenido en vez de por participación. La transmisión como extensión para el impedido es una cosa. La transmisión como sustitución para el capaz es el desorden.
Considerese lo que el uso sustitutivo de la transmisión de Adoración de veinticuatro horas realmente logra. El Sacramento es, por su constitución, un evento que tiene un tiempo y un lugar. Hoc est enim corpus meum se pronuncia en una Misa específica en un altar específico en un momento específico. La Presencia Real en la Hostia reservada es la continuación de ese evento específico en ese sagrario específico, disponible para ser acercada por aquellos que vienen a ese lugar específico. La transmisión toma este evento y lo convierte, en la experiencia del espectador capaz, en una emisión. La Presencia Real está en el sagrario de la parroquia donde la cámara apunta; la Presencia Real no está en el teléfono que el espectador tiene en su mano. El espectador capaz que transmite la Adoración en lugar de ir a la Adoración no ha estado en la Adoración. Ha consumido una representación de la Adoración, lo cual, por el principio nombrado antes en este ensayo, tiende a saciar el hambre que le habría llevado a la capilla.
Y la saciedad es lo que hace estructuralmente peligrosa a la sustitución. Un alma que sabe que no ha estado en la Adoracion conserva el hambre que podría llevarla a la capilla. Un alma que ha transmitido la Adoración y trata esto como equivalente tiende a perder ese hambre. La capilla podría no ser visitada está noche, porque el alma ya siente que ha visitado. El Sacramento en transmisión, para quienes podrían ir y no van, tiende a impedir el ir que les habría llevado. El Sacramento nunca fue el obstáculo. El ir era la oración. Quitese el ir para aquellos que podrían realizarlo, y una forma particular de la oración es quitada con él.
El mismo desorden opera en la escala temporal cuando las prácticas devocionales son movidas para acomodar las métricas de asistencia. El ejemplo es la Exposición del Jueves, que en muchas parroquias ha sido movida al Viernes o al Domingo por razones de programación. La Exposición del Jueves no es universalmente obligatoria del modo en que lo es la Misa dominical, y la Iglesia nunca ha declarado un único dia como el único dia para la Adoración Eucarística. Pero la devoción del Jueves está anclada en algo específico: el Jueves Santo, la noche de la Ultima Cena, la noche en que Cristo pidió a sus discipulos que velaran con el una hora. El dia es parte de la oración. El alma que vela el Jueves por la noche está velando en la noche de la Agonia en el Huerto, la noche en que los discipulos durmieron. La Hora Santa existe para reparar aquel fracaso original. Moverla a un dia más conveniente reescribe la reparación como un problema de programación. El punto estructural no es que el Jueves sea canonicamente requerido. El punto estructural es que el tiempo litúrgico no es tiempo de programación, y cuando una parroquia mueve una devoción porque la asistencia es mejor en otro dia, ha aplicado la métrica de la plataforma al tiempo de la Iglesia. Cualquiera que sea la devoción que se mueve, la lógica operativa es la misma: el tratamiento del tiempo litúrgico como tiempo de programación en vez de forma orante. El dia no era incidental a la devoción; ayudaba a constituirla.
Y el resguardo de la formación detras de niveles pagados es la forma final del desorden, porque toca el Mandato Misionero en su nivel más básico. Gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente. El que tenga sed, venga. Id, pues, y haced discipulos de todas las naciones. El Evangelio es, por su constitución, la cosa más no-exclusiva en la existencia. Una distinción es debida aquí, porque no todo cobro es la misma cosa. Un apostolado que pide a los fieles compartir los costos reales de producir y distribuir su trabajo – el ancho de banda de los servidores, la producción de video, la traducción, los salarios de quienes sirven al apostolado a tiempo completo – está haciendo lo que la Iglesia ha hecho siempre cuando ha aceptado ofrendas para sostener las obras de evangelización. Este no es el desorden. El desorden es el resguardo, la decisión estructural de colocar la formación misma detras de niveles exclusivos, de ofrecer un cuerpo de contenido gratis y otro, más profundo o más íntimo, solo a los suscriptores, de tratar al apostolado como un negocio de suscripción con estratos premium y gratuitos. El modelo de mercadeo importado cuando se adopta este resguardo es el modelo que las plataformas contemporaneas han refinado a su forma más agresiva: intimidad parasocial mimetizada, acceso exclusivo monetizado, la simulación de la relación vendida por suscripción a suscriptores que pagan por la sensación de acceso a alguien que en realidad nunca conoceran. Aplicar este modelo al Evangelio es importar una estructura que fue diseñada para entregar simulación, y usarla para entregar lo que se supone debe ser el encuentro real. El modelo no puede hacer lo que se le está pidiendo. El modelo fue construido para la fotografía de la comida. Pedirle que alimente al hambriento es pedirle que haga lo que constitutivamente fue diseñado para no hacer.
VI. Lo que el Alma Pierde
Las perdidas no son abstractas. Las perdidas son específicas, y caen, de maneras distintas, sobre tres clases de alma.
El alma que ha vuelto en sí en mitad de la noche – el alma que acaba de realizar el primer momento del retorno del pródigo, el silenciamiento en que el ruido ha caido y el reconocimiento ha golpeado – necesita la capilla encendida, donde la capilla encendida está disponible. Necesita la puerta que está sin cerrar con llave. Necesita la lámpara encendida en el centro de un edificio que anuncia, por su geometría, que el Señor está aquí. Necesita el ir que es el tercer momento, el levantarse y el caminar y el arrodillarse que completa la contrición en el cuerpo. Sin una capilla accesible, el alma que ha vuelto en sí tiene menos medios para actuar sobre lo que ahora ve. Puede transmitir la Adoración. Puede abrir una aplicación. La transmisión y la aplicación son reales y pueden portar gracia real, pero no son lo que el cuerpo y el alma hacen juntos cuando el cuerpo cruza un umbral y se arrodilla ante lo que está reservado al otro lado. La gracia opera por medios extraordinarios cuando los medios ordinarios no estan disponibles; está es enseñanza católica y el ensayo no la disputa. Pero los medios ordinarios son lo que deberia estar disponible, y el cierre de las capillas por la noche ha eliminado un medio ordinario que antes estaba en todas partes disponible para las almas que volvían en sí en las horas oscuras.
El alma en Misa en la iglesia-auditorio necesita la catequesis del cuerpo. Necesita que el edificio enseñe al cuerpo que clase de lugar es este, porque el edificio enseña más rápido y con más fiabilidad que la homilía. Cuando el edificio ya no enseña con la misma claridad, el cuerpo llena el silencio con lo que el cuerpo hace en otros lugares. El teléfono sale. Las notificaciones llegan. El hombre con la camiseta de fútbol no es el fracaso de la Iglesia. Es, más de lo que el mismo sabe, el testigo veraz de que el edificio ha perdido parte de su capacidad para comunicar lo que es. Responde a lo que está allí. El remedio pastoral no es principalmente avergonzarlo por el teléfono. El remedio pastoral es darle un edificio que le enseñe, sin instrucción, que el teléfono no pertenece aquí.
Y el alma que nunca ha visto el arreglo antiguo, que nunca se ha arrodillado ante un sagrario colocado centralmente con la lámpara encendida, que ha crecido con el Sacramento en transmisión y la Exposicion movida y el contenido para miembros únicamente como la única Iglesia que ha conocido – está alma tiene la pérdida más profunda, porque aun no sabe que algo ha sido desplazado. Se le ha dado una simulación de lo sagrado desde su primera comunión en adelante, y la simulación ha funcionado en el sentido de que el alma siente que ha encontrado al Señor. El hambre que la habría llevado a buscar el encuentro más profundamente ha sido preempleada por las fotografias. Cuando llegue el hambre – y el hambre llega para toda alma eventualmente – está alma extenderá la mano hacia lo que siempre la ha satisfecho, y lo que siempre la ha satisfecho sera la transmisión, la aplicación, el contenido para miembros únicamente. El hambre podría pasar, o parecer pasar, con la saciedad reafirmada. El tercer momento podría no ser ejecutado, porque al alma no se le ha enseñado que el tercer momento le es pedido. El ir podría haber sido removido del repertorio de lo que el alma sabe hacer. El pródigo podría no levantarse, porque nadie le mostró nunca al pródigo que había algún lugar a donde ir.
VII. La Inversión en la Palma
He aquí, te he grabado en las palmas de mis manos. La línea es de Isaías, y nombra la geometría que el arreglo antiguo hacia visible. El alma es sostenida en la palma de Dios. La arquitectura de la iglesia es la construcción de está imagen a escala comunitaria: el adorador entra y es sostenido por aquello que el edificio resguarda. La lámpara en el sagrario es el testigo encendido de que el sostener es real. La Presencia Real es el sostener hecho tangible. El alma no produce está geometría. El alma la recibe. El alma viene al lugar donde el sostener ocurre, y es sostenida.
El teléfono en el banco es la forma visible de la geometría invertida. El alma que sostiene el teléfono ha puesto en su propia palma lo que la imagen antigua insistia que sostenía al alma. El cielo ha sido comprimido en el ladrillo. El Señor ha sido reducido a un feed. El accessus ha sido reemplazado por el acceso. El alma orante se ha vuelto un usuario consumidor. La iglesia reordenada es la forma arquitectónica de está inversión, donde ha ocurrido. El Sacramento en transmisión sustituido por el ir es la forma litúrgica, donde es sustituido para quienes podrían venir. El contenido para miembros únicamente es la forma económica, donde el Evangelio ha sido monetizado. Cada uno es el mismo desorden a una escala distinta: el alma que debia estar en la palma de Dios poniendo a Dios en la palma del alma; la simulación de la presencia en lugar del encuentro con la presencia; la preempción del hambre que habría llevado al alma a casa.
La recuperación, sí ha de haber una, no vendrá de un mejor contenido. No vendrá de estrategias mejoradas de participación. No vendrá de optimizar la experiencia de transmisión, de refinar el nivel para miembros únicamente, de hacer el feed de Adoración más atractivo para los demográficos más jóvenes. Estas son precisamente la dirección equivocada. Son la continuación del desorden por personas que creen que estan pastoreando en su contra. La recuperación, sí llega, vendrá de un conjunto de actos mucho más simple y mucho más difícil. Volver a poner el sagrario en el centro del edificio, donde la arquitectura ha sido reordenada en su contra. Encender la lámpara. Abrir la capilla por la noche. Cerrar la puerta tras el cuerpo que ha cruzado el umbral. Limitar la transmisión del Sacramento a aquellos a quienes originalmente estaba destinada a servir – los impedidos, los postrados, los incapaces. Dejar de vender el Evangelio por suscripción. Dejar de programar la semana litúrgica para maximizar la asistencia. Restaurar la geometría que el cuerpo puede leer más fácilmente, y confiar en que el cuerpo, dado un edificio que anuncia lo que es, tendera a responder como los cuerpos han respondido a tales edificios a lo largo de la larga historia de la Iglesia.
VIII. Mantener lo Sagrado Sagrado
Hay una cosa que la Iglesia puede hacer que ninguna plataforma puede hacer, y la Iglesia debe recordar esto, porque las plataformas ciertamente no se lo recordarán. La Iglesia puede mantener lo sagrado sagrado. Las plataformas ofrecerán hacer esto en nombre de la Iglesia, ofrecerán su alcance y sus algoritmos y sus métricas de participación, prometerán llevar el Sacramento a almas que de otro modo no vendrían a él. La promesa lleva un costo estructural oculto. Las plataformas no pueden llevar almas al Sacramento en la forma en que el Sacramento es dado. Las plataformas pueden llevar representaciones del Sacramento a las almas, y las representaciones, cuando son recibidas por aquellos que podrían haber venido y eligieron transmitir en su lugar, tienden a impedir el ir que les habría llevado a la cosa real. La Iglesia que acepta la oferta de las plataformas sin distinción ha aceptado la estructura que está diseñada para entregar simulación, y la estructura opera sobre los fieles capaces ya sea que la Iglesia lo intente o no.
Lo sagrado es sagrado porque está apartado. Sanctus proviene de la misma raíz que sancire, establecer un limite, marcar como intocable. Lo sagrado es lo que no puede ser reducido a contenido sin pérdida, lo que no puede ser empaquetado en una oferta de nivel-miembro sin dejar de ser lo que es. Mantener lo sagrado sagrado es, de modos reales y concretos, rechazar ciertas ofertas que las plataformas hacen. Decir no a la cámara en el sagrario, excepto para aquellos que no pueden venir. Dejar algunas puertas de capilla sin cerrar con llave por la noche y algunas lamparas encendidas y ninguna emisión saliendo. Celebrar la Exposicion del Jueves el Jueves porque el dia es parte de la oración. Predicar el Evangelio gratis, porque el Evangelio es dado gratis. Nada de esto es heroico. Todo esto es sencillamente lo que la Iglesia ha sido cuando la Iglesia ha recordado para que es la Iglesia.
Y el alma, finalmente, tiene un trabajo propio. El alma que puede ir tiene que dejar el teléfono y caminar a la capilla. Tiene que cruzar el umbral del edificio que la Iglesia, por gracia, ha tenido el valor de mantener como iglesia. Tiene que arrodillarse ante el sagrario que alguien, por gracia, ha tenido el valor de dejar en el centro o de restaurar a él. El alma tiene que ser la que se levante y vaya. La transmisión no lo hara por el alma que podría venir. La aplicación no lo hara. El contenido para miembros únicamente no lo hara. El ir es parte de la oración donde el ir es posible. El ir ha sido parte de la oración dondequiera que ha sido posible, en cada generación que la Iglesia ha vivido. El ladrillo babélico ofrece una simulación que, para aquellos que podrían venir, tiende a desplazar el ir en vez de completarlo. El Padre está en casa. El Padre, en algún sentido, ya está corriendo. La túnica y el anillo y el ternero estan listos. Pero el camino a casa, donde el camino está disponible, es del alma para caminarlo. El camino no está lejos. Es solo una decisión de largo. Y la decisión, donde el ir es posible, es soltar el ladrillo, empujar la puerta, y arrodillarse en el silencio donde la lámpara arde y el Sacramento está reservado y el Señor es quien el Señor ha sido siempre.
Referencias
- La Santa Biblia. The New Oxford Annotated Bible: New Revised Standard Version with the Apocrypha. 5.a ed. Editado por Michael D. Coogan. Oxford: Oxford University Press, 2018.
- Aquino, Tomas de. Suma Teologica. Traducida por los Padres de la Provincia Dominicana Inglesa. Westminster, MD: Christian Classics, 1981.
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- Guardini, Romano. El espiritu de la liturgia. Nueva York: Crossroad Publishing, 1998.
- Ratzinger, Joseph (Papa Benedicto XVI). El espiritu de la liturgia. San Francisco: Ignatius Press, 2000.
- McLuhan, Marshall. Comprender los medios de comunicacion: las extensiones del ser humano. Cambridge, MA: MIT Press, 1994.
- Ellul, Jacques. La sociedad tecnologica. Nueva York: Vintage Books, 1964.
- Han, Byung-Chul. La desaparicion de los rituales: una topologia del presente. Cambridge: Polity Press, 2020.
- Debord, Guy. La sociedad del espectaculo. Nueva York: Zone Books, 1994.