¿De Quien Soy Condensación?
Sobre la Confluencia sin una Primer Antepasado, y la Bondad de lo Consumado
August 07, 2026
No solo la semilla, y no sola la lluvia, sino ambas, y ninguna primera.
Indice
- Resumen
- I. La Frase Que No Sobrevive a Su Propia Pregunta
- II. Confluencia, No Descendencia
- III. De Quién Soy Condensación
- IV. El Regreso Que No Toca Fondo en un Antepasado
- V. Por Qué Nada en la Convergencia Aventaja a Nada Más
- VI. La Segunda Pregunta
- VII. Condensación Consumada, Horizonte Aún Convergiendo
- VIII. El Síntoma, No el Veredicto
- IX. Síntesis
- Referencias
Resumen
El Peso del Presente nombró la operación — la condensación — por la cual un estado de un ser se vuelve constitutivo del siguiente, y distinguió dentro de ella dos principios: herencia y recepción. Las ilustraciones de aquel ensayo eran de un solo hilo: el árbol condensa la semilla, el hombre condensa al niño. Llevada más lejos, la ilustración se quiebra. El árbol no condensa la semilla sola; condensa la semilla y la lluvia que nunca tocó la semilla, la abeja que nunca tocó el árbol, la helada que raló el huerto el año anterior a la germinación. No puede trazarse ninguna línea del árbol de vuelta a la semilla que no deba responder por la lluvia que está a su lado, no heredada y sin embargo constitutiva. Este ensayo nombra la corrección: la condensación no es descendencia sino confluencia — la reunión, en un solo Ahora, de una pluralidad sin jerarquía de contribuciones, ninguna de las cuales es el origen del sujeto y todas las cuales son su constitución. Luego sigue la confluencia hacia atrás, mostrando que el regreso que ella genera no termina en un primer antepasado, en una causa más importante, ni en un eslabón último de una cadena — porque una confluencia no tiene eslabón último, solo un fundamento que mantiene abierta la convergencia entera. Finalmente aborda una segunda observación, en apariencia inconexa — la sensación casi universal, a través de culturas y siglos, de que el pasado era mejor que el presente — y la deriva de la misma corrección: el pasado es confluencia ya condensada, el presente es confluencia que aún converge, y la pesadez que se siente en el presente no es prueba de qué época contuvo más sufrimiento. Es la fenomenología de estar en el único lugar de toda la estructura donde la reunión aún no se ha cerrado.
I. La Frase Que No Sobrevive a Su Propia Pregunta
El Peso del Presente decía: el árbol es la semilla, heredada entera y transformada por todo lo recibido desde entonces. La frase era verdadera y hacía exactamente lo que necesitaba hacer en aquel ensayo — establecer que el devenir es reunión, no reemplazo. Pero plántese la pregunta más sencilla posible y se deshace. ¿De quién es condensación el árbol?
No solo de la semilla. Una semilla en un frasco sellado no es un árbol lento; es una semilla, para siempre. Lo que la hizo árbol fue lluvia que no contenía, sol que no anticipaba, una química del suelo que no eligió, el azar de un pájaro que no se la comió, la ausencia de una plaga que pudo haberla arrasado. Llámese a todo esto «recepción», como permite el vocabulario del ensayo anterior, y la corrección ya ha comenzado, porque allí la recepción se describía como suplementaria a la herencia — el segundo principio, añadido al primero, para que el presente no sea meramente el teorema del pasado. Sígase al árbol con honestidad y la recepción no es suplementaria. Es al menos co-igual. La lluvia no es un modificador adosado a la historia de la semilla. La lluvia es coautora del árbol, sin menor derecho a la palabra «condensado en» que el que tiene la semilla — y una clase de autora más extraña de lo que la palabra suele nombrar, porque un autor permanece fuera del libro, y la lluvia no permanece fuera del árbol. Se vuelve el árbol. Eso no es una autoría más débil que la de un escritor. Es una más fuerte.
Y el árbol no se condensa, entonces, en un fruto del modo en que una etapa alimenta a una etapa posterior de una sola función. El fruto es la confluencia del árbol con la abeja que polinizó la flor de la que el fruto vino — una criatura con su propia trayectoria, su propia confluencia de colmena y clima y las flores de otros tres árboles esa misma semana, ninguna de las cuales pertenece a la historia de este árbol salvo en el único punto donde las dos trayectorias se cruzaron y algo nuevo se hizo de ambas. Trace el fruto hacia atrás y no encontrará un linaje. Encontrará una red que se ensancha de trayectorias que dieron en encontrarse.
Esta es la misma estructura que el ensayo anterior halló en el Ahora — muchos co-determinantes que se encuentran en un solo cruce — pero aquel ensayo lo enunció para el futuro («las trazas… lo dado del mundo… la respuesta de la voluntad») y no lo llevó de vuelta a la cuenta del pasado que acababa de dar. El pasado, en la página que nombró la confluencia para el futuro, seguía escrito como si tuviera un solo dueño. No lo tiene. Nada lo tiene.
II. Confluencia, No Descendencia
Llámese confluencia al cuadro corregido para distinguirlo limpiamente del cuadro que reemplaza. La descendencia es una sola línea, engrosada en cada generación por la transformación pero rastreable, en principio, de vuelta por un único camino: árbol a semilla a árbol progenitor a su semilla. La confluencia no tiene tal camino, porque en cada punto a lo largo de ella, lo que allí se condensó nunca fue una sola trayectoria sino un encuentro de varias, cada una ya una confluencia por derecho propio, ninguna subordinada a las otras.
La corrección no es meramente aditiva — no «el árbol tiene una semilla y además algunos factores contribuyentes». Es estructural. Una confluencia no tiene miembro privilegiado. Pregúntese cuál contribuyó más al árbol — la semilla o la lluvia — y la pregunta yerra el blanco del mismo modo en que yerra «cuál orilla de un río contribuyó más al río». La semilla aportó una identidad determinada (esta especie, este genoma, este potencial particular) y la lluvia aportó la actualización sin la cual la identidad habría quedado para siempre en lo meramente conceptual. Ninguna es una versión disminuida de la causa verdadera. El árbol no es semilla-más-extras. Es el producto conjunto de una convergencia, y «producto» ya es palabra demasiado débil, porque un producto implica insumos que permanecen separables en el resultado, del modo en que los ingredientes permanecen nominalmente distinguibles en una receta. La condensación, insistió el ensayo anterior, no es almacenamiento; nada yace al lado de nada en ella. El árbol no contiene la semilla y la lluvia como dos ingredientes recuperables. Es una sola cosa, hecha de ambas, en la que las dos ya no son dos.
Y aquí llega la objeción que todo este cuadro parece diseñado para invitar: si el árbol es un encuentro de lo incontable, si ninguna trayectoria en él está privilegiada y la red no tiene fondo, entonces ¿en qué sentido sigue siendo este árbol, y no un nudo pasajero en un clima de causas que igual de fácilmente pudo haberse anudado de otro modo? ¿Por qué es un individuo y no un borrón? La respuesta es que la confluencia no amenaza la individualidad; es aquello de lo que la individualidad está hecha. Un montón es muchas cosas que siguen siendo muchas — las piedras de un muro siguen siendo piedras, recuperables, reapilables, sin haber llegado nunca a ser una sola cosa. El árbol no es un montón. Lo que en él converge no se quedó al lado de sí como contribución puesta junto a contribución; se condensó, lo cual el ensayo anterior ya definió como el modo en que lo reunido deja de ser separable y se vuelve una sola actualidad. Esa inseparabilidad no es el precio que el árbol paga por tener muchos orígenes. Es el logro que lo hace un solo árbol y no una lista. Un individuo no es lo que queda cuando se restan las influencias; un individuo es precisamente una convergencia que se ha vuelto inseparable — un lugar donde las trayectorias se encontraron y no siguieron siendo dos. E inseparable no es lo mismo que borrado. La lluvia que se volvió el árbol no está ausente de él, disuelta sin recuperación en una unidad anónima; está en el árbol de manera irreductible, como uno de los sentidos que el árbol ahora porta y sin el cual no podría ser este árbol — por lo cual el interior de una cosa real no es meramente pleno sino insondable, cada actualidad sosteniendo su convergencia entera intacta e irrepetible a la vez. La confluencia, llevada hasta su fin, no disuelve el árbol en su red. Es la única cuenta en la que hay un árbol determinado allí para ser disuelto.
III. De Quién Soy Condensación
Vuelva la misma corrección sobre usted mismo y la pregunta que hizo queda respondida antes de estar del todo planteada: ¿de quién es usted condensación, de su padre o de su madre? De ninguno, en el sentido que la pregunta supone — porque la pregunta supone un par jerarquizable, uno de los cuales podría resultar ser el origen más verdadero, del modo en que una disputa de herencia supone que hay un heredero legítimo una vez ordenados los hechos. No hay ordenamiento disponible, porque usted no es la condensación de su madre modificada por su padre, ni la línea de su padre llevada por el cuerpo de su madre. Usted es una confluencia de dos confluencias, cada una portando ya su propia convergencia sin jerarquía de antepasados, cada uno de esos antepasados él mismo un encuentro y no un eslabón — y el encuentro no deja de ser encuentro y empieza a ser cadena por lejos que se le presione hacia atrás.
Usted mismo nombró el caso más agudo: lo que asimiló, en el vientre, del miedo de su madre o de su calma. Esta es la confluencia en su forma más íntima, porque muestra la estructura operando dentro de lo que parece una sola línea. El niño en el útero no recibe «la contribución de la madre» como un aporte limpio que corre junto a «la contribución del padre» como otro. El miedo de la madre esa temporada, que es él mismo una confluencia — su propia historia, condensada, encontrándose con una noticia que llegó de entera afuera de su historia, un diagnóstico o una guerra o una bondad, nada de ello suyo por haberlo generado — entra en la constitución del niño directamente, hormonalmente, como recepción, no como herencia en el sentido genético en absoluto. No bajó por un linaje de sangre. Llegó, del modo en que la lluvia llega a una semilla: no invitada, no merecida, y constitutiva de todos modos. El niño es ya, antes de nacer, una confluencia de confluencias, y la palabra «línea» ha dejado de describir nada real varias confluencias atrás.
Esto no es una disminución de la madre ni del padre. Es lo contrario de una disminución, porque rechaza la pregunta que los jerarquizaría. Preguntar si importa más la madre o el padre es importar a una confluencia una lógica — prioridad, rango, la causa más importante — que pertenece a una estructura enteramente distinta, una estructura de amos e instrumentos. Nada aquí es un instrumento. Todo lo que se encuentra en la confluencia es, en el momento del encuentro, plenamente constitutivo, del modo en que la lluvia no es una causa menor del árbol por no haber aportado gen ninguno.
IV. El Regreso Que No Toca Fondo en un Antepasado
Aquí es donde su instinto fue más exacto, y donde vale la pena tener el mayor cuidado, porque la tentación en este punto es seguir empujando la pregunta hacia atrás como si un eslabón último siguiera ahí afuera por hallar — algún primer antepasado, alguna semilla primera, alguna causa más importante detrás de toda la historia convergente, con tal de seguir el regreso lo bastante lejos. La tentación debe resistirse, porque una confluencia no tiene eslabón último. Una cadena tiene un primer eslabón; un delta de río no tiene un primer afluente al que todos los demás alimentan. Empuje la pregunta «de quién es condensación» de vuelta por sus padres, por los padres de ellos, por la higuera y su polinizador, por los accidentes geológicos que pusieron un mineral particular en un suelo particular diez mil años antes de que nadie germinara en él, y no llegará a una fuente. Llegará a más confluencia, en toda escala, sin límite — lo cual es un descubrimiento, y no una decepción, porque es exactamente lo que una confluencia genuina debería hacer bajo presión.
Pero el corpus que este ensayo extiende ya se ha topado con un regreso sin punto natural de detención, en otra clave. ¿Necesito yo al tiempo, o necesita el tiempo de mí? halló que el Ahora no puede ser mantenido abierto por nada dentro de la secuencia que él hace posible, so pena de regreso infinito, y nombró el fundamento que detiene el regreso sin ser un miembro más de él: no una primera causa en la serie, porque una primera causa en la serie necesitaría ser mantenida abierta exactamente como el resto de la serie, sino una causa fuera del modo de ser de la serie por completo — el autosubsistente YO SOY EL QUE SOY.
El mismo movimiento cierra este regreso, y lo cierra más limpiamente de lo que una cadena podría jamás, porque una cadena invita a imaginar el regreso terminando en un antepasado muy lejano, muy importante — un Adán, una primera semilla, un motor primero dentro de la genealogía — y luego tiene que explicar por qué ese miembro escapa a la regla que todo otro miembro obedece. Una confluencia no tiene tal tentación incorporada. No toca fondo en un antepasado en absoluto, primero o de otro tipo, porque «tocar fondo en un miembro» nunca fue la forma correcta de respuesta que dar. Lo que mantiene abierta una confluencia no se halla regresando más por ella — semilla, luego lluvia, luego la nube de la que la lluvia cayó, luego el océano del que la nube se evaporó, para siempre — sino preguntando qué sostiene el encuentro mismo, en cada punto a lo largo de toda la red sin límite, de modo que la convergencia sea posible siquiera, en vez de mera proximidad sin unión. Dos trayectorias pueden estar cerca la una de la otra sin volverse una sola cosa. La semilla no se vuelve automáticamente un árbol por el mero hecho de que caiga lluvia en algún lugar cercano; se vuelve un árbol porque algo mantiene abierto un cruce en el que lluvia y semilla son reunidas en una sola actualidad nueva en vez de permanecer dos sucesos adyacentes. Ese mantener-abierto no lo aporta la lluvia, ni la semilla, ni la suma de ambas. Lo aporta, en cada confluencia, en toda escala, el único fundamento que el resto de este corpus ya ha nombrado — no el primer antepasado en el fondo de la red, sino la única realidad que no es miembro de la red en absoluto, y sin la cual dos trayectorias cualesquiera, por largo que hubieran viajado la una hacia la otra, nunca llegarían de hecho a encontrarse.
Así que: ¿de quién es usted condensación? Ninguna respuesta única, y el marco predice que no habrá ninguna, porque usted no es el término de una cadena sino el de una convergencia — madre y padre, cada uno una convergencia sin jerarquía él mismo, un clima irrepetible del vientre que no pertenecía por entero a ninguno de los dos, y detrás de todo ello, en cada punto de encuentro sin excepción, el fundamento que hace el trabajo verdadero que toda cuenta de los orígenes se ve tentada a asignar al antepasado más lejano en su lugar. Usted no desciende de una fuente. Usted es confluente con un número sin límite de trayectorias, mantenidas juntas en cada cruce por la única realidad que no es ella misma una trayectoria.
Una estructura con un eslabón último oculto nunca fue en verdad una confluencia; era una cadena vestida de confluencia.
V. Por Qué Nada en la Convergencia Aventaja a Nada Más
Vale la pena enunciar aparte una consecuencia, porque es fácil de aceptar en abstracto y difícil de sostener en el caso particular que provocó la pregunta. Si la confluencia no tiene miembros jerarquizables, entonces el impulso de preguntar cuál progenitor me formó más, cuáles rasgos de qué antepasado en verdad se impusieron, de quién es la culpa o de quién el mérito — todo el vocabulario del reparto al que el duelo, la terapia y la genealogía por igual suelen recurrir — es hacer una pregunta a la que la estructura de una persona no admite respuesta. No porque la respuesta sea desconocida, del modo en que un registro perdido podría algún día recuperarse. Porque no hay hecho del asunto que desconocer. Una confluencia no tiene en secreto un contribuyente mayoritario detrás de su unidad aparente; no tiene jerarquía de contribuyentes en absoluto, del modo en que un acorde no tiene una nota que sea «en realidad» la melodía, sin importar en cuál nota el oído dé en fijarse.
Esta es, dicho sea de paso, la misma guarda que el corpus ya ha apostado a otra escala. El Unico Argumento en Cinco Escalas insiste en que las obras del fundamento sustentador «fuera de sí son un solo acto indiviso», no divisible entre las Personas por contribución relativa, siendo la apropiación a una Persona cuestión de conveniencia y no de causación exclusiva. La lógica es idéntica en miniatura al nivel de una sola vida: la confluencia que lo hizo es una sola constitución indivisa, y atribuir más de ella a su madre o a su padre es una conveniencia del lenguaje — este rasgo conviene llamarlo suyo de ella, aquel conviene llamarlo suyo de él — nunca un reparto metafísico de la clase que un testamento o una herencia podrían especificar.
VI. La Segunda Pregunta
Lo que sigue no es un segundo descubrimiento que esté al lado del primero sino una consecuencia de él, ofrecida como prueba: si la confluencia es la corrección acertada, debería alcanzar más allá de la genealogía y dar cuenta de algo que la teoría nunca fue construida para explicar. Vuélvase, entonces, a la observación que parecía, al principio, inconexa: que el pasado se siente mejor que el presente, casi en todas partes, casi siempre, aun cuando el contenido que la gente cita en su favor — sin zapatos, un hermano muerto, hambre, un cruce de océanos en el entrepuente sin calefacción de un barco, la ausencia de la casa que ahora poseen — es, por cualquier cuenta material, más duro que lo que lo reemplazó. La coincidencia en el tiempo no es un accidente. La misma corrección que disolvió la semilla de un solo hilo disuelve el misterio aquí, porque ambos problemas son casos de la misma confusión: tomar una confluencia consumada por una simple, y una confluencia abierta por una peor.
VII. Condensación Consumada, Horizonte Aún Convergiendo
El pasado, en el vocabulario de este corpus, no es un lugar ni una realidad menor; es confluencia ya condensada — cada trayectoria que se encontró en él ahora reunida en una constitución que ya no recibe, porque no queda nada en aquel Ahora por recibir. La lluvia ya cayó o no cayó sobre la semilla de aquella temporada; el desenlace está asentado en lo que el ser aguas abajo de él ahora es. El presente, por contraste, es confluencia que aún converge: las trayectorias que se encontrarán en él no han terminado de llegar, la respuesta de la voluntad aún no ha sido dada, lo dado no invitado del mundo para este cruce no ha terminado de aparecer. El pasado tiene una forma porque su reunión está cerrada. El presente aún no tiene forma, por la sola razón de que su reunión no lo está.
Esto no es afirmar que el pasado contenía menos confluencia, menos contingencia, menos peligro mientras sucedía. Contenía exactamente tanta convergencia sin resolver, en su momento, como el presente contiene ahora. La hambruna, el cruce del océano, la mesa vacía — mientras eran el presente, eran exactamente así de crudos, exactamente así de indecisos, exactamente así de capaces de salir peor. Lo que ha cambiado no es la cantidad de dificultad en aquel Ahora. Lo que ha cambiado es que la dificultad ha sido desde entonces condensada — asumida en una constitución que tiene un final, y, para quien sigue vivo para contarlo, por lo general un final en el que la dificultad fue sobrevivida, lo cual significa que el relato ya porta el único dato que la gente que la vivía aún no tenía: que lo lograron. Nadie narra una hambruna desde dentro de la hambruna con la calma de quien sabe que la cosecha viene en camino. La calma es retrospectiva; pertenece a la confluencia una vez cerrada, no a la confluencia mientras converge.
VIII. El Síntoma, No el Veredicto
Así que la frase «el pasado era mejor» es verdadera de algo, pero no de aquello de lo que pretende ser verdadera. No es un juicio comparativo sobre qué siglo contuvo más sufrimiento — en esa cuestión el registro no está reñido, y casi nadie que diga la frase cambiaría de hecho los antibióticos, la anestesia, la alfabetización, las cosechas sin hambruna del presente por el siglo que está alabando. Es una descripción de dónde está parado el que habla: en el único lugar de toda la estructura donde la confluencia aún no se ha cerrado. La ansiedad no es, principalmente, un veredicto sobre que el presente contenga más peligro del que contenía el pasado. Es lo que la convergencia no resuelta se siente desde dentro, antes de haberse vuelto legible como una forma — y se siente así sin importar el contenido, que es exactamente por lo que el sentimiento es universal a través de culturas cuyas circunstancias materiales casi no tienen nada más en común. Roma bajo Nerón y un cómodo suburbio norteamericano del siglo veintiuno no comparten un nivel de penuria. Comparten un lugar en la estructura: ambos son el presente, para quienquiera que viva en ellos, y el presente es donde la reunión sigue abierta.
El Eclesiastés dijo algo colindante con esto y lo entendió como queja — no hay nada nuevo bajo el sol, el hastío del Predicador, la sensación de que toda novedad aparente es solo la vieja confluencia repitiéndose. Leída a través del presente ensayo la observación se invierte sin necesitar corrección, solo culminación. No hay nada nuevo bajo el sol precisamente porque todo presente, en todas partes, es el mismo lugar estructural — el lugar de la confluencia sin cerrar — sin importar la convergencia de qué época dé en ocuparlo. Eso no es la futilidad que el Predicador tomó por tal. Es la razón por la que el pasado de toda cultura, sin excepción, lleva la misma calma prestada: no porque aquel pasado particular la mereciera más de lo que la merece este presente, sino porque todo pasado, una vez consumado, la lleva, y ningún presente, mientras aún converge, la lleva jamás.
IX. Síntesis
Dos correcciones, una estructura. El árbol no es el descendiente de la semilla; es una confluencia de la semilla y de todo lo no heredado que se encontró con ella, y lo mismo es cierto de usted, por partida doble — una vez en la confluencia de sus padres, que son ellos mismos cada uno una confluencia sin jerarquía, y otra vez en el vientre, donde lo que llegó fue recepción antes de ser jamás herencia. Presionada hacia atrás, la confluencia no toca fondo en un antepasado, una primera semilla, ni una causa más importante; no hay eslabón último que hallar, porque una red no lo tiene. Lo que mantiene junta toda la convergencia sin límite, en cada punto de encuentro sin excepción, no es el miembro más lejano de ella sino la única realidad que no es miembro de ella en absoluto — el fundamento que el resto de este corpus ya ha nombrado y que este ensayo solo ha vuelto a hallar, a una escala lo bastante pequeña para caber en la mano: una semilla, un vientre, una sola vida preguntándose a quién pertenece.
Y el pasado se siente más ligero que el presente por una razón que nada tiene que ver con cuál fue, de hecho, más ligero. El pasado es confluencia con su reunión consumada; el presente es confluencia que aún se reúne. Lo consumado siempre es más fácil de sobrellevar que lo abierto, sin importar de qué estuviera hecha la cosa consumada — lo cual significa que el dolor no pertenece a la historia sino a estar de pie en el cruce, y el cruce, este corpus entero ya lo ha argumentado, es el único lugar donde una vida se vive de veras.
La primera pregunta nunca fue «¿De quién?»; siempre fue «¿Qué mantiene abierto el encuentro?»
Referencias
- Aristóteles. Física. Libro IV.
- Agustín de Hipona. Confesiones. Traducción de Henry Chadwick. Oxford University Press, 1991. (Libro XI.)
- Aquino, Tomás de. Suma Teológica. Traducción de los Padres de la Provincia Dominica Inglesa. Christian Classics, 1981.
- La Santa Biblia. Revised Standard Version, Second Catholic Edition. Ignatius Press, 2006. (Eclesiastés 1:9; Salmo 139:13; Exodo 3:14; Lamentaciones 3:22–23.)
- Gaitan, Oscar. El Peso del Presente: Sobre la Condensación, la Gracia y la Continuidad del Devenir. Topología Gaitan, 2026.
- Gaitan, Oscar. ¿Cuándo es el Presente? Sobre el Ahora Invariante y la Actualidad Temporal. Topología Gaitan, 2026.
- Gaitan, Oscar. ¿Necesito yo al tiempo, o necesita el tiempo de mí? Zenodo, 2026.
- Gaitan, Oscar. El Unico Argumento en Cinco Escalas: Sobre el Ahora sostenido abierto en toda Magnitud, de la Micro-Brecha al Cosmos. Topología Gaitan, 2026.
Lecturas Complementarias
Monografía
-
La Lemniscata del Tiempo: Una Meditación Geométrica sobre la Eternidad y la Sucesión Temporal
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.18867864
Ensayos Seleccionados
-
La Lemniscata del Tiempo: Una Topología de la Memoria, la Posibilidad y la Gracia
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19121592 -
La Topología de la Presencia: Cuatro Planos de Existencia sobre la Lemniscata
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19358491 -
¿Necesito yo al tiempo, o necesita el tiempo de mí?
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19513936 -
El "Soy" que permanece: Una crítica a Descartes y una metafísica del alma
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19843193 -
Alfa y Omega: Sobre el Cosmos, el Ahora y el Dios que sostiene ambos extremos
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20112562 -
La Topología de la Absolución: Continuidad, Agencia y la no sustitución del yo
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20708633 -
El Interior Infinito: Sobre el Espacio, el Cambio y la Integridad del Ser
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20032897