Permítanme decirlo antes que nada, para que ningún lector confunda el blanco: esta no es una crítica a la tecnología. La tecnología no es la trampa. El coliseo era una maravilla de la ingeniería, y la ingeniería nunca fue el problema. El problema fue lo que le ocurrió al populo sentado en él – y el descubrimiento, tardío y silencioso, de que el populo nunca fue la audiencia. El populo era el producto. Lo que sigue es una crítica a ese arreglo, escrita desde el único lugar donde tal crítica puede escribirse honestamente: desde adentro.

Tabla de contenido

I. El mundo es mío

Cuando Edmundo Dantés se alza por fin sobre la roca de Montecristo, grita que el mundo es suyo. Cada sílaba de ese grito fue pagada. Catorce años en el castillo de If. Y miren el precio de su salida: abandona la fortaleza ocupando el lugar de un cadáver – cosido dentro del sudario de su amigo muerto, el abate Faria, arrojado al mar, cortando la tela bajo el agua para liberarse. Tiene que nadar. Tiene que esperar entre contrabandistas. Tiene que esperar, sobre todo, la marea – porque el mar no se abre a pedido, y el tesoro tiene una dirección que debe alcanzarse con el cuerpo.

El mundo se hizo suyo por el paso a través de una muerte, y el grito tiene peso porque el viaje tuvo peso.

Nosotros hemos conservado el grito y borrado el viaje. El mundo es mío – aquí, en la palma de mi mano. Puedo comprar desde aquí, vender desde aquí, comerciar desde aquí. No necesito estar de pie en el piso del Chicago Mercantile Exchange haciendo las extrañas señales de mano de la subasta a viva voz, apretado contra otros cuerpos en una sala construida para ese único propósito. No necesito manejar hasta Sears. Puedo entretenerme desde aquí, aprender desde aquí, adorar desde aquí – y digámoslo claramente: puedo pecar desde aquí y espiar desde aquí. La misma posesión que Dantés ganó mediante la muerte, la marea y el cuerpo se entrega ahora a todos sin costo alguno, y pesa exactamente lo que costó.

II. Desde

Deténganse en esa pequeña palabra, porque está haciendo más trabajo del que suele pedírsele a una preposición. El desde ha reemplazado al en.

Toda acción humana solía tener una dirección. El comercio ocurría en la bolsa. La compra ocurría en la tienda. El culto ocurría en la iglesia. Y el pecado – esto importa – ocurría en alguna parte: exigía un trayecto, un umbral, una puerta. La caminata hacia el lugar del pecado era, ella misma, terreno moral. Un hombre en esa caminata aún podía oír su conciencia; aún podía dar la vuelta; la distancia entre la tentación y el acto se medía en cuadras, en horarios de cierre, en el riesgo de ser visto. Esa distancia era donde vivía la libertad. La micro-brecha entre el impulso y el acto tuvo alguna vez el ancho de una ciudad. Ahora tiene el ancho de un pulgar.

El viejo mundo era una topología moral de lugares diferenciados. Cada lugar tenía su propia gravedad, su propio registro, sus propios permisos; entrar en cada uno te reconfiguraba. El ladrillo en la palma aplana los lugares exactamente como el algoritmo aplana los valores, y es el mismo aplanamiento: un único plano indiferenciado de acción a la medida de un único plano indiferenciado de elección. He llamado a esta condición desplazamiento, y la palabra resulta más literal de lo que yo sabía cuando la usé por primera vez. Des-plaza-miento: la pérdida del lugar. El hombre que lo hace todo desde un punto no está presente en ninguno. Es el retrato espacial del hombre para quien lo mejor y lo peor han dejado de funcionar. Las dos condiciones son una sola: cuando todo lugar puede alcanzarse desde el mismo punto, ningún lugar puede exigirte nada – y un mundo que no te exige nada es un mundo en el que nada puede pesar más que cualquier otra cosa.

Marco Polo cruzó las estepas de Asia Central estando allí – y el estar-allí dejó un camino. Esa es la propiedad generativa de la presencia: un viaje encarnado hace una ruta que otros pueden recorrer, y un relato con peso, porque el cuerpo ha estado donde apuntan las palabras. La nueva ruta de la seda mueve más en una hora de lo que Polo movió en toda una vida, y no deja nada detrás – ni camino, ni huella, ni testimonio. Actuar desde es estéril precisamente en este sentido: produce transacciones y nunca caminos.

Hay una inversión más honda debajo. Los mercados actúan desde ninguna parte; las redes y las instituciones actúan desde ninguna parte – pero son sin-lugar por privación, sin-lugar porque no hay nadie en ellas. Solo Dios actúa desde ningún lugar particular sin dejar de ser alguien, porque está plenamente presente en todo lugar: sin-lugar por plenitud. El hombre de la palma alarga la mano hacia el atributo divino y recibe el institucional – activo en todas partes, presente en ninguna. La promesa de la serpiente se cumple una vez más, en su moneda habitual – seréis como Dios – y se paga, como siempre, en moneda falsa. La promesa del Edén fue un conocimiento que resultó ser exilio. La promesa de la palma es una ubicuidad que resulta ser ausencia.

La Escritura, según resulta, ya reclamó el territorio de la palma, dos veces, y ambos textos se alzan contra el nuestro con terrible precisión. He aquí, dice el Señor a una Sión que se siente olvidada, que en las palmas de las manos te tengo esculpida (Isaías 49:16). El hombre cargado en la palma divina, grabado allí, permanente. Nosotros hemos respondido con la imagen opuesta: el hombre cargando el mundo entero en su propia palma, sin necesitar que nadie lo cargue. Y está el otro texto, el de Apocalipsis 13, sobre la marca sin la cual nadie puede comprar ni vender, puesta en la mano derecha. No estoy anunciando su cumplimiento; lo leo como leo todas mis figuras – como testigo estructural, no como predicción. Pero la estructura es exacta, y debería permitírsele perturbarnos: la mano como el lugar donde el comercio queda condicionado, donde la capacidad de comprar, vender y comerciar se concede a través de lo que la mano sostiene. Puedo comprar, vender y comerciar desde la palma de mi mano. Las dos palmas – la que nos carga y la que cerramos en torno al ladrillo – solo necesitan ponerse una junto a la otra. El ensayo no tiene que argumentar. Tiene que señalar.

III. A cualquier hora

Pero el lugar es solo la mitad de la presencia. Todo en implica un cuándo – la bolsa tenía su campana de apertura, la iglesia su hora señalada – y una gramática que suprime la dirección no puede dejar en pie el calendario. El desde aplanó el espacio. Su gemelo aplanó el tiempo.

Mis jóvenes amigos me cuentan que sus clases comienzan la próxima semana. A qué hora, pregunto. No importa, dicen – puedes registrarte a cualquier hora antes de la medianoche. Registrarte a cualquier hora: hay una vieja canción sobre un hotel donde la entrada está siempre abierta y ningún huésped logra jamás irse, y no creo que el eco sea un accidente. Toda la arquitectura de la plataforma es registro de entrada sin salida. El coliseo nunca cierra; eso es lo que lo distingue de todas las arenas anteriores.

Pero consideren lo que “a cualquier hora antes de la medianoche” suprime. Una clase a las ocho de la mañana era un Ahora compartido – treinta cuerpos convergiendo desde distintas direcciones sobre un mismo momento, como convergían sobre una misma sala. A cualquier hora significa que nadie está nunca allí junto a los demás. Cada estudiante asiste solo, en un instante privado e intercambiable, a una clase que no ocurre en ningún presente compartido. La matrícula se infla; la sala se vacía. Accesibilidad, lo llaman – y la accesibilidad disfraza la única pregunta que debería obligársele a responder: ¿acceso a qué? Una puerta abierta hacia una sala donde nadie está presente, a ninguna hora en particular, no es acceso. Es la arquitectura del desplazamiento vestida con el vocabulario de la hospitalidad.

Recuerdo la noche anterior al primer día de clases. El pantalón de mezclilla nuevo, comprado para la ocasión; la mochila nueva. La emoción – y tomo esa emoción completamente en serio, porque su desaparición no es progreso. La ropa nueva era vestidura: el cuerpo honrando un umbral al prepararse para él. El primer día de escuela era una fiesta menor. La anticipación – esa inclinación del alma hacia una hora fija – solo es posible donde el tiempo tiene gradiente, donde algunos momentos se alzan más altos que otros. Nada puede esperarse si puede ocurrir en cualquier momento. Los estudiantes no se han vuelto perezosos; les han entregado un calendario al que no le queda elevación. El tiempo plano no tiene fiestas. El paisaje temporal perdió su gradiente exactamente como lo perdió el moral, y por la misma mano.

Dantés esperó la marea. Eso es lo otro que su historia sabe: el tiempo era algo a lo que un hombre se sometía y con lo que cooperaba. El mar tenía condiciones; el tesoro tenía una hora. El mundo en la palma no tiene ni lo uno ni lo otro – y por eso, exactamente, no puede ganarse. Solo deslizarse.

IV. Entonces

Un mundo sin horas fijas no deja de hacer promesas; solo deja de ponerles fecha. Cuando cualquier cosa puede ocurrir a cualquier hora, todo puede aplazarse para después – y el a-cualquier-hora, proyectado hacia adelante, se endurece en la tercera palabra de la gramática, la más cruel de las tres. Comprime toda una fenomenología de la vida moderna en esto: posibilidad sin estructura, disponibilidad sin compromiso, elección sin hora, intención sin encarnación. Es la gramática de un mundo donde el Ahora no tiene elevación, el Después no tiene costo, el Presente no tiene exigencia y el Futuro no tiene forma. Una canción popular la cargó durante cincuenta años para que no lo olvidáramos. “Cat’s in the Cradle”, de Harry Chapin, es una conversación entre un padre y un hijo en la que la presencia no se niega ni una sola vez. Solo se reubica – siempre se reubica – hacia un entonces: una reunión cálidamente prometida y nunca agendada, una cita sin hora. No sé cuándo, dice el padre en efecto, pero entonces nos juntaremos. Y el mecanismo terrible de la canción es la herencia: el padre nunca le enseña al hijo la ausencia. Le enseña el aplazamiento, y el aplazamiento se replica a la perfección. Para la última estrofa los papeles se han invertido, y el hijo le responde a su padre anciano en el tiempo verbal del propio padre – fluido, cálido y vacío. Nada fue negado con malicia. Todo fue pospuesto, y la posposición fue la única lección que el muchacho absorbió por completo.

Ya conocen esta gramática. La reunión sin fecha y la clase sin hora son la misma construcción. El entonces es donde la presencia se guarda indefinidamente – reconocida, aplazada, nunca vivida. Es el tiempo verbal del desplazamiento, y los hogares lo hablan sin saber que lo están enseñando.

Ahora la recursión, que me parecería cómica si no estuviera tan cerca del hueso. Si necesito una canción para el Día del Padre, simplemente le digo a Siri que me la encuentre. Antes, yo tenía que saberme las canciones – “Cat’s in the Cradle” de Chapin, “Father and Son” de Cat Stevens, “Papa” de Paul Anka. Sabérselas significaba que vivían en mí; eran cargadas, como Polo cargaba el camino y Dantés cargaba el castillo de If. Y la más famosa de las tres es precisamente una advertencia sobre un padre que nunca estuvo presente. De modo que el hombre que delega la canción del Día del Padre al asistente en su palma está reactuando el mismo fracaso del que la canción fue escrita para advertirle. La delegación de la memoria es la ausencia de la que la memoria hablaba. Pídanle a la palma que produzca la canción y recibirán el artefacto despojado de su admonición: una advertencia cargada que ya nadie carga, generada a pedido por un hombre que ya no tiene que saber lo que dice.

V. El letrero de la calle central

Gabriel García Márquez escribió la trayectoria completa hace décadas, en la peste del insomnio de Macondo. El pueblo pierde la memoria, y entonces la memoria se exterioriza: objetos rotulados con sus nombres y sus usos, claves escritas para las cosas y hasta para los sentimientos, el mundo anotado porque ya no puede sostenerse por dentro. Y en la cima de esa exteriorización, en la calle central, se alza un letrero grande con la proposición más importante que el pueblo posee: Dios existe.

Lean ese letrero despacio. Un pueblo que debe escribir que Dios existe es un pueblo que todavía sostiene la proposición correcta y ya no puede experimentar su peso. El conocimiento está presente; la presencia está ausente. El letrero no es fe – es la lápida de la fe, plantada por anticipado. Y entonces Márquez entrega el movimiento final: el sistema de recordatorios escritos exige tanta vigilancia, tanta fortaleza moral, que la gente se rinde más bien a una realidad inventada – una que es, en sus palabras, “menos práctica pero más reconfortante”. Ese es el algoritmo, nombrado antes de existir. Cuando la memoria delegada se vuelve gravosa, la siguiente delegación es la realidad misma, aceptada no porque sea verdadera sino porque es cómoda. El hechizo de Macondo es el feed. El populo sucumbió por el mismo mecanismo, en el mismo orden.

Por eso insisto en que a Dios, en nuestra hora, no se le está atacando. El ataque era el viejo repertorio – el blasfemo medieval, el militante de los siglos diecinueve y veinte. Esas eran tácticas de relación. El non serviam es rebelión, y la rebelión es teocéntrica: el Satán de Milton no puede dejar de mirar a Aquel a quien rechaza, y el rechazo mantiene al Rechazado en el centro de la existencia. La negación, también, es relación: nadie escribe contra Dios toda una vida a menos que Dios importe. El diablo necesita a Dios para desafiarlo; el ateo necesita a Dios para negarlo. El hombre con el ladrillo en la palma no necesita ni a uno ni a otro. Non te egeo – no te necesito – es la primera postura de la historia que no requiere postura alguna. No se concluye; se absorbe. No es un argumento; es una atmósfera. El loco de Nietzsche irrumpe en el mercado gritando que Dios ha muerto, y los mercaderes ríen – no porque estén en desacuerdo, sino porque están ocupados comprando y vendiendo. El mercado, desde entonces, ha sido plegado dentro de la palma, y la risa ha sido reemplazada por algo más silencioso: el deslizar del pulgar. No se puede refutar el non te egeo, porque nunca fue afirmado. El populo no tomó posición contra Dios. El paisaje simplemente perdió la dimensión en la que Dios estaba elevado – el mismo aplanamiento, en su registro final.

VI. Coda: la dirección y la hora

Pongan las tres condiciones una junto a otra y aparece la estructura del conjunto. Adán en el Edén tenía presencia sin conocimiento: ninguna distancia respecto del Bien, por lo tanto ningún contraste que percibir, ninguna necesidad de conocer el bien y el mal – simplemente eran. La persona dentro de la curva, caída pero moralmente viva, tiene conocimiento con presencia: la conciencia opera, el arrepentimiento es posible, las proposiciones tienen tracción porque hay un yo allí para sentir su peso. Y la persona en el desplazamiento tiene conocimiento sin presencia: toda proposición correcta disponible en la palma, al instante, y ninguna de ellas pesando nada. El Edén está más allá del bien y del mal desde arriba, por plenitud. El desplazamiento está más allá del bien y del mal desde abajo, por privación. El conocimiento moral, según resulta, es criatura de la condición intermedia – Adán no lo necesitaba, y el hombre de la palma ya no puede usarlo.

De modo que la promesa de la serpiente ya ha sido pagada dos veces, ambas en moneda falsa. El primer pago: un conocimiento que resultó ser exilio del presente. El segundo: una ubicuidad que resultó ser ausencia de todas partes. Seréis como Dios – sabiendo, y ahora omnipresentes – y el hombre que aceptó ambas cuotas queda sabiéndolo todo desde ninguna parte, activo a lo ancho de toda la tierra y presente en ningún punto de ella, un fantasma con excelente conectividad.

¿Qué responde a esto? No la apologética – no se puede sacar a un hombre, con argumentos, de una posición que nunca tomó. Tampoco un desenchufe; no pongan su esperanza en el apagón. Si el cable se cortara mañana, el silencio no restauraría la presencia, así como caminar de regreso hacia el jardín no podría deshacer el exilio. La planicie persistiría en la quietud. La salvación no llega por corte del servicio.

Lo que responde al desde es un en. Lo que responde al a cualquier hora es una hora. Lo que responde al entonces es un Ahora.

Exige que el cuerpo viaje, que la rodilla se doble, que la hora se guarde – y en su centro formula la única afirmación que todo el mundo plano está organizado para volver ininteligible: Presencia. Presencia real. No un cartel en la calle principal anunciando que Dios existe, sino un lugar y una hora en los que Él espera.

El altar es el sitio más radical y completo de esta arquitectura porque devuelve al hombre a la Presencia trascendente que hace sagrado el lugar. Sin embargo, la misma revolución comienza allí donde el cuerpo recupera su terreno frente al éter. Se encuentra en la topografía deliberada de una mesa donde los ladrillos permanecen en los bolsillos, obligando a los ojos a encontrarse sobre un pan compartido. Se encuentra en la liturgia secular del aula que exige que treinta vidas distintas converjan en una sola mañana irrepetible. Se encuentra cuando rechazamos la eficiencia del mensaje digital para recorrer los kilómetros reales, físicos, hasta la puerta de un amigo, reconociendo que la fricción del trayecto es precisamente lo que da peso a la llegada. Cada uno de estos umbrales es una resistencia. El hombre que camina hacia ellos – a pie, a la hora, dejando atrás el ladrillo – ya ha comenzado la única revolución que este ensayo sabe recomendar. Ha dejado un camino tras de sí. Por corto que sea el trayecto, es la estepa.

Referencias

  • Anka, Paul. «Papa». En Anka. United Artists Records, 1974. Disco de vinilo.
  • Biblia de Jerusalén. Edición manual totalmente revisada. Bilbao: Editorial Desclée De Brouwer, 1998.
  • Chapin, Harry. «Cat’s in the Cradle». En Verities & Balderdash. Elektra Records, 1974. Disco de vinilo.
  • Dumas, Alejandro. El conde de Montecristo. Traducido por José Benito Alique. Barcelona: Penguin Clásicos, 2015.
  • García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967.
  • Milton, John. El paraíso perdido. Traducido por Bel Atreides. Barcelona: Austral, 2011.
  • Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, 2011.
  • Stevens, Cat. «Father and Son». En Tea for the Tillerman. Island Records, 1970. Disco de vinilo.