No Gepetto
Por qué la pregunta de Saramago presupone al Dios equivocado
July 20, 2026
Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos… — Marcos 7:21
Supongamos, por un momento, que el Adversario desapareciera antes del próximo amanecer. ¿Dejaría por ello la humanidad de envidiar, traicionar, explotar, mentir y matar? La Escritura da pocas razones para pensarlo. Israel no necesitó otra serpiente antes de fabricar un becerro de oro en el Sinaí. El ídolo no vino de fuera del campamento, sino de dentro de él. El enemigo más profundo no es meramente el tentador que susurra, sino la voluntad que escucha.
Indice
- I. La pregunta que todos terminan haciendose
- II. El taller de Gepetto
- III. Lo que “matar” no puede significar dos veces
- IV. La palanca que no existe
- V. No la mano sobre el escenario, sino el suelo bajo el
- VI. Lo que la Cruz realmente rechaza
- VII. El deseo bajo la pregunta
- Coda
- Referencias
I. La pregunta que todos terminan haciendose
José Saramago lo formuló en una sola frase: ¿por qué Dios, en lugar de entregar a su hijo, no puso simplemente fin al diablo, y así al mal en el mundo? Otros la hacen en cien versiones sin firma, y es siempre la misma pregunta con un ropaje distinto. Si la mano que sostiene los hilos es lo bastante poderosa para retirar cualquier figura del escenario, ¿por qué retirar al Hijo y no al Adversario? ¿Por qué el camino elaborado y sangriento, cuando el camino simple —la sustracción— estuvo aparentemente disponible todo el tiempo?
La pregunta no es necia. La hacen, la mayoría de las veces, personas que han visto morir a un niño o han visto quedar sin respuesta la crueldad, y que no logran entender por qué una mano con semejante poder elegiría el espectáculo antes que la supresión. Merece una respuesta mejor que la palabra misterio, dicha deprisa, para hacer callar la pregunta.
Pero antes de que la pregunta pueda responderse, hay que examinar su forma. Toda pregunta lleva dentro de sí una imagen de Dios, sea consciente o no quien la formula. Y la imagen que hay dentro de esta es más reveladora que la pregunta misma.
II. El taller de Gepetto
Imaginemos un taller. Un tallador está sentado a su banco. Ante él, sobre hilos que gobierna desde arriba, una figura de madera se mueve: camina, gesticula, se ve envuelta en dificultades. Cuando el problema se vuelve intolerable, el tallador dispone de dos clases de poder. Puede bajar la mano y ajustar la figura en los hilos: corregir su postura, detener su mano antes de que haga daño. O bien, si alguna figura rival ha subido al escenario y tira contra él, puede sencillamente levantar a esa rival de las tablas y apartarla. En cualquiera de los dos casos, el tallador permanece fuera de la escena, por encima de los hilos, y la escena está a su disposición.
Esta es la imagen que presupone casi toda versión de la pregunta de Saramago: Dios como un tallador que permanece fuera de los acontecimientos, sosteniendo hilos que descienden hasta el mundo, con dos palancas al alcance —acabar con el Hijo o acabar con el Adversario— y tirando inexplicablemente de la más cruel.
Es una imagen coherente. También es un Dios que ni el teísmo clásico, ni el marco al que pertenece este ensayo, han propuesto jamás. Y una vez que se nombra la imagen, la pregunta cambia de forma bajo esa imagen.
III. Lo que “matar” no puede significar dos veces
Empecemos por el problema más pequeño, que es también el menos disculpable de pasar por alto. La muerte, para una criatura hecha de materia, es la separación de una vida respecto de un cuerpo: el hilo, por así decirlo, cortado de veras. A un hijo se lo puede matar porque un hijo tiene un cuerpo que puede dejar de respirar. El Adversario, en la tradición teológica contra la que argumenta Saramago, es espíritu: un intelecto y una voluntad sin la clase de corporeidad sobre la que actúa la muerte tal como la conocemos. No hay allí ningún hilo que cortar, en el sentido que la pregunta exige.
Esto no es un tecnicismo ofrecido para esquivar la fuerza de la pregunta. Es la misma disciplina que este marco ha aplicado en todo lo demás: no medir un orden del ser con el instrumento construido para otro. Un telescopio no puede hallar la justicia; un bisturí no puede extirpar un espíritu. Preguntar por qué Dios no mató al diablo del modo en que se puede matar a un hijo es preguntar por qué una palanca conectada a una parte del taller no se usó sobre una entidad que carece de tal conexión.
Concedamos, en aras del argumento, que «matar» se afloje hasta significar algo más laxo: neutralizar, silenciar, retirar del campo para siempre. Aun bajo esa lectura, el problema más hondo no se ha movido.
IV. La palanca que no existe
Supongamos que Dios lo hubiera hecho. Supongamos que el Adversario fuera sustraído del escenario por entero, esta mañana, antes de que terminaras de leer esta frase. ¿Qué cambia?
Adán no cayó porque una serpiente fuera más fuerte que él. La serpiente proporcionó una ocasión; el giro —el alcance de la mano hacia el fruto— fue del propio Adán. Caín no necesitó un diablo detrás de él para alzar una piedra contra su hermano; el texto no pone ninguno allí. David no requirió asistencia demoníaca para colocar a Urías en el punto de mayor peligro. El tentador, dondequiera que aparezca en estas historias, nunca es la causa de la caída. Es, a lo sumo, la ocasión. La causa es la voluntad —vuelta hacia dentro, como vio Agustín hace quince siglos, curvada sobre sí misma— y la curvatura de la voluntad no se endereza porque aquel que una vez susurró junto a ella haya sido retirado de la sala.
Retírese todo tentador de todo escenario y la herida permanece exactamente donde estaba: en la madera misma, no alrededor de ella. Este es el mismo error estructural que el sistema cerrado comete en todo lo demás a lo largo de esta serie. Un cobrador de deudas cree que el problema es una transacción que aún no se ha ejecutado; ejecútese, y la cuenta queda saldada. Pero el mal, en este marco, no es meramente una transacción a la espera de un ejecutor externo. Es un desorden de la voluntad, y un desorden de la voluntad no se repara retirando de las cercanías a una voluntad rival. Se repara —si es que se repara— en el punto de cruce, por algo que la remoción de un enemigo no puede aportar.
Y hay una razón por la que la remoción no podría aportarlo. El Adversario no es simplemente un criminal externo suelto sobre las tablas; es una criatura, una voluntad como la nuestra, y la destrucción de una criatura no endereza la curvatura en otra. La libertad de Adán era de Adán; ninguna sustracción realizada sobre una segunda figura alcanza el interior de la primera. El taller permanece, pero Dios no es otro artesano dentro de él, que ordene la escena retirando una talla para que las demás puedan sostenerse más erguidas por su propia cuenta. Una voluntad torcida no se tuerce por la proximidad de otra voluntad torcida, y no se endereza por la ausencia de aquella.
Hay un problema ulterior, y no es pequeño. Matar al Adversario, en los propios términos de Saramago, habría sido la imposición de un poder superior: dominación respondida con dominación superior, fuerza enfrentada con más fuerza. Esa no es una lógica distinta de la que produjo el mal del que se protesta. Es la misma lógica, ejecutada por la parte más fuerte. Un universo en el que la respuesta de Dios al mal es siempre la fuerza superior es un universo cuyo principio último sigue siendo la fuerza. Nada en ese universo estaría a salvo del siguiente acto de poder más grande, porque la fuerza que responde a la fuerza nunca establece otra cosa que cuál poder vence por ahora. Nada de esto niega que el mal sea finalmente derrotado; la Escritura es explícita en que lo es. Pero la derrota final del mal pertenece a la consumación de la historia por parte de Dios, no a un acto preventivo de fuerza que zanjaría el asunto por dominación antes de que la libertad humana haya sido redimida siquiera.
V. No la mano sobre el escenario, sino el suelo bajo el
El error más hondo de la imagen de Gepetto no versa sobre qué palanca eligió Dios. Versa sobre dónde está Dios de pie.
Pablo dijo a los atenienses que en Dios vivimos, nos movemos y existimos: no que Dios nos mueva desde fuera al modo en que un tallador mueve una figura sobre hilos, sino que Dios es el fundamento en el que el movimiento mismo ocurre. Gepetto está aparte de su taller; podría, en principio, salir de él, y seguiría siendo un taller, vacío y a la espera. Quítese a Dios del escenario que este marco describe, y no hay escenario. Ni madera. Ni hilos. Ni taller. Ni momento alguno en el que una figura pudiera moverse, tentada o no, hacia el bien o hacia el daño.
Por eso la pregunta «¿por qué Dios no retiró sin más al villano?» presupone una arquitectura que nunca estuvo en oferta. Imagina a Dios como un tallador entre talladores posibles, que elige entre dos figuras sobre el mismo juego de hilos. Pero si Dios es el suelo sobre el que se sostiene el taller, y no una mano por encima de él, entonces «retirar» cualquier cosa del escenario por la fuerza no es un pequeño ajuste dentro del sistema: es la clase de acto que pertenece a un Dios distinto del que está en discusión. La relación ordinaria de Dios con la creación no es la de un titiritero que extiende la mano para arrancar del tablero piezas autónomas. El fundamento sostiene el tablero en el ser, incluida la libertad de lo que se mueve sobre él, que es precisamente lo que hace que el movimiento importe en absoluto.
VI. Lo que la Cruz realmente rechaza
Una vez apartada la imagen de Gepetto, la cruz deja de parecer la opción perdedora de un menú de dos platos y empieza a parecer un rechazo del menú mismo.
La pregunta de Saramago ofrece exactamente dos movimientos, y ambos son movimientos de fuerza: sustraer al enemigo o sacrificar al hijo. La cruz no es ninguno de los dos. No es Dios tensando un hilo para acabar con el Adversario, ni es Dios aflojando cruelmente un hilo para dejar caer al Hijo. En el marco que esta serie ha venido construyendo, es Dios entrando en el sistema cerrado del mal respondido con mal —el mismo sistema que habría quedado reforzado, no roto, por una remoción forzosa del Adversario— y negándose a operar según sus términos. La Cruz aborda precisamente la herida en la voluntad humana que la fuerza no puede sanar. La misericordia, como esta serie ha argumentado en otro lugar, no es la suspensión de la justicia. Es la introducción, en el punto de cruce, de algo que el sistema cerrado de la lógica del retorno no puede generar desde dentro de sí mismo. Un Adversario muerto habría dejado el sistema de la fuerza plenamente intacto, con Dios como su practicante más poderoso. La cruz deja ese sistema roto desde dentro, por una voluntad que no respondería a la violencia con mayor violencia.
Tampoco es la cruz lo que imaginan los críticos más descuidados de la expiación: un padre que entrega al hijo ajeno y no dispuesto para saldar un agravio privado. Esa imagen, también, toma prestada calladamente la arquitectura de Gepetto: dos voluntades separadas, una que sostiene los hilos y otra que cuelga de ellos. La teología trinitaria clásica niega precisamente esa premisa. La voluntad del Hijo no es externa a la del Padre, tirada desde arriba por una mano que no es la suya; es la misma voluntad que se entrega, actuando desde dentro de lo que es. Sea lo que sea la cruz, no es un títere gastado para librar al taller.
VII. El deseo bajo la pregunta
Hay una razón por la que la imagen del tallador y el títere tiene un dominio tan largo sobre la imaginación humana, y vale la pena nombrarla con claridad. Toda versión de la historia termina del mismo modo: la figura de madera quiere volverse real. No mejor gobernada. No tallada con más destreza. Real: poseedora de su propio interior, de su propia voluntad, ya no dependiente de la mano de arriba para cada movimiento.
Ese deseo no es ingenuo. Está cerca de la condición humana real que toda esta serie ha venido describiendo: la criatura que comienza en dependencia total, que no puede añadir una sola hora a su propia vida por acto alguno de la voluntad, y que aun así quiere, de algún modo, ser más que una cosa movida por otra. La pregunta de Saramago, bajo su ira, es una versión de ese deseo: volver seguro el taller retirando la amenaza, y dejar que las figuras se muevan por fin en libertad.
Pero un taller vuelto seguro por la fuerza sigue siendo un taller, y sus figuras siguen siendo figuras sobre hilos, por pocas que sean las amenazas que queden en la sala. Lo que este marco propone en cambio no es un escenario más seguro, sino una relación distinta con el suelo que hay debajo: no un títere cuyos hilos han sido cortados por una mano más fuerte, sino una voluntad interpelada, en el punto de cruce, por una presencia que no compite con ella por un espacio en el mismo juego de hilos. Eso es más difícil de imaginar que un tallador que retira a un rival. Es también, según este planteamiento, lo único que de veras responde al deseo que hay bajo la pregunta: no un títere con menos enemigos, sino una voluntad ya no meramente movida: un hijo, no una marioneta.
Este es también el punto en el que una segunda objeción encuentra su respuesta. Se ha dicho que ningún padre en su sano juicio entregaría a su hijo a la ejecución, y que Pablo, al predicar semejante cruz, vendió una construcción que se derrumba bajo el menor análisis ético. Pero esa acusación presupone la misma arquitectura que este ensayo ha venido desmontando: dos voluntades separadas, una por encima de los hilos y otra colgando de ellos, la mayor infligiendo sufrimiento a la menor. El cristianismo clásico rechaza esa premisa de raíz. El Padre no coacciona a un Hijo no dispuesto, ni cae el Hijo víctima de un capricho divino urdido antes de que naciera. La cruz pertenece a la vida única y entregada de la Trinidad: un solo acto indiviso de entrega, no una persona divina que gasta a otra. Una vez que eso se olvida, la teología de Pablo parece, en efecto, monstruosa, un padre que dispone una muerte. Una vez que se recuerda, la acusación ya no alcanza a la doctrina que pretendía refutar: lo que parecía un padre destruyendo a su hijo resulta ser Dios, indiviso, negándose a responder al mal con la moneda del mal, y cargando desde dentro lo que la fuerza solo habría podido posponer.
Coda
Saramago preguntó por qué Dios no mató al diablo en lugar de entregar al Hijo. La respuesta honesta no es que Dios tuviera la palanca y declinara tirar de ella por alguna inescrutable preferencia por el sufrimiento. La respuesta honesta es que la arquitectura misma de la pregunta —un tallador, dos hilos, una elección entre ellos— nunca fue la arquitectura en juego. Dios no estaba de pie por encima del escenario decidiendo qué figura retirar. Dios era, y es, el suelo bajo él, manteniendo abierto en el punto de cruce de cada Ahora lo único que la fuerza nunca puede producir: una voluntad que se vuelve porque fue interpelada, no porque un rival fuera sustraído de la sala.
En él vivimos, nos movemos y existimos. — Hechos 17:28
Referencias
Agustín de Hipona. Confesiones. Traducción de Henry Chadwick. Oxford University Press, 1991.
Agustín de Hipona. Sobre la gracia y el libre albedrío (De Gratia et Libero Arbitrio). Varias ediciones.
Tomás de Aquino. Summa Theologiae. I–II, cuestiones 109–114.
La Santa Biblia. Génesis 3–4; Exodo 32; 2 Samuel 11–12; Marcos 7, 21-23; Hechos 17, 28.
Gaitan, Oscar. El Recaudador en el Centro: Karma, Gracia y el Punto de Cruce. 2026.
Gaitan, Oscar. ¿Dónde Está Dios? El Sufrimiento, el Momento Presente y el Fundamento que No Interviene. 2026.
Gaitan, Oscar. El Pasillo: Sobre el fundamento que no se retira. 2026.
Lecturas Complementarias
Monografía
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La Lemniscata del Tiempo: Una Meditación Geométrica sobre la Eternidad y la Sucesión Temporal
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.18867864
Ensayos Seleccionados
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La Topología de la Presencia: Cuatro Planos de Existencia sobre la Lemniscata
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Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19358491 -
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Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.19513936 -
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Alfa y Omega: Sobre el Cosmos, el Ahora y el Dios que sostiene ambos extremos
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Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20112562 -
La Topología de la Absolución: Continuidad, Agencia y la no sustitución del yo
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Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20708633 -
El Interior Infinito: Sobre el Espacio, el Cambio y la Integridad del Ser
Sitio web: OscarGaitan.org
Zenodo: DOI: 10.5281/zenodo.20032897