Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

— Antonio Machado, Campos de Castilla (1912)


Indice

Resumen

¿Cómo se hace un momento de un ser el momento siguiente? Ensayos anteriores de esta topología establecieron las estructuras del yo: un interior infinito recorrido sin ruptura, un sujeto que no aparece entre sus propios contenidos, una absolución que reorienta sin reemplazar. Ninguno de ellos enunció la operación que esas estructuras presuponen: el mecanismo por el cual cada estado da origen a su sucesor, de modo que la continuidad, la memoria, el hábito y la gracia sean todos posibles. Este ensayo nombra esa operación condensación. Todo Ahora reúne el estado precedente dentro de sí en vez de sucederle, y toda reunión de esta clase está constituida por dos principios: la herencia, todo lo que el momento anterior aporta, y la recepción, todo lo nuevamente dado en este Ahora. Sin herencia no hay identidad; sin recepción no hay novedad, ni libertad, ni gracia. La condensación deposita huellas; las huellas acumuladas producen la inercia estructural, la topología asentada del yo, para la cual la tradición tiene ya un nombre: las reliquiae peccati, los restos que persisten después de que la culpa se ha ido. La gracia queda entonces situada con precisión: no una interrupción del mecanismo, sino el caso más alto de la recepción, la acción divina entrando en la condensación misma, en el cruce donde ocurre cada nueva reunión. La ontología natural dice: una cosa deviene según lo que ha devenido. La teología la completa: una persona nunca queda reducida a lo que ha devenido, porque la gracia puede entrar en cada condensación del Ahora.


1. El Principio que faltaba

Todo relato del yo en este corpus ha presupuesto una operación que ninguno de ellos enuncia. El Interior Infinito: Sobre el Espacio, el Cambio y la Integridad del Ser argumentó que entre dos estados cualesquiera de un ser yace un interior continuo e ininterrumpido, y que la identidad es inseparable de esa continuidad. El Fundamento que no aparece: Hume, la Invariancia y el Yo argumentó que el sujeto del interior no es uno de sus contenidos, sino aquello invariante respecto de lo cual sus contenidos varían. La Topología de la Absolución: Continuidad, Agencia y la no sustitución del yo distinguió la reorientación instantánea del yo de su lento remodelado, y mostró por qué el segundo no puede realizarse por el yo sin que el resultado sea otro. Estructuras, las tres: una topología, un sujeto, dos registros de la gracia. Lo que ninguno de ellos aporta es la dinámica: la respuesta a la pregunta más llana que puede hacérsele a una metafísica de la persona. ¿Cómo se hace un estado el siguiente?

La pregunta suena inocente y no lo es, porque la imaginación moderna ya lleva consigo una respuesta, absorbida de sus instrumentos más que argumentada: la imagen cinematográfica del tiempo. Según esta imagen, la existencia es una serie de instantáneas discretas, cada fotograma reemplazando al anterior, la permanencia una ilusión producida por la velocidad. La imagen rara vez se enuncia porque rara vez se advierte; es la metafísica de la pantalla, aprendida al mirar. Y es la teoría del haz aplicada a la sucesión: el yo disuelto no ya en un montón de percepciones, sino en un montón de instantes, cada uno completo, cada uno desechado.

Si la imagen cinematográfica fuera verdadera, nada de lo dicho en los ensayos anteriores le sobreviviría, y tampoco nada de una vida ordinaria. No habría memoria, pues nada persistiría para recordar; la evocación sería un fotograma que contiene la imagen de otro, lo cual no es memoria, sino coincidencia. No habría hábito, pues el hábito es depósito, y un instante desechado nada deposita. No habría promesa, pues quien prometió se habría ido por la mañana, sucedido por un extraño inocente. Y no habría absolución, pues la absolución presupone que el perdonado es el que pecó – el argumento del ensayo anterior –, y bajo el reemplazo en serie no hay tal uno. La imagen cinematográfica no es una teoría rival del yo. Es la negación de que haya algo de lo que una teoría del yo pueda tratar.

De ahí la pregunta rectora de este ensayo: si el presente no reemplaza al pasado, ¿qué hace con él? La respuesta, defendida en todo lo que sigue, es una sola palabra. Lo condensa.


2. El Ahora

Comencemos por el hecho que genera todo el problema. Solo el Ahora es actual. El pasado ya no existe; el futuro aún no existe; lo que sea actual lo es en el presente – la meditación de Agustín en el libro undécimo de las Confesiones estableció esto con tal firmeza que diecisiete siglos le han añadido poco –. Y el Ahora no tiene duración. Cualquier instante candidato con espesor se divide en una parte anterior y una posterior, de las cuales solo una puede ser presente; la división se repite hasta que nada extenso queda. El presente es un punto: la condición de espesor cero de la actualización.

Póngase ahora las dos verdades una junto a otra y siéntase la paradoja que forman. Solo el Ahora es actual, y el Ahora no tiene espesor. Se sigue que, o bien la persona no tiene espesor – conclusión que nadie cree ante el espejo, en el lecho de muerte ni en el confesionario –, o bien todo lo que constituye a la persona está presente en el punto en algún modo distinto de la extensión. Un punto no puede contener el pasado como un tramo contiene sus partes; no hay sitio. Almacenar es una metáfora espacial, y el presente no tiene espacio. Lo que el pasado aporta al presente, entonces, lo aporta no por ser guardado junto a él, sino por ser asumido en él, comprimido en la constitución del punto. La delgadez del instante no es una objeción al peso del presente. Es lo que fuerza ese peso. Porque no hay otro lugar donde una vida pueda estar, el todo de ella ha de estar aquí.

Este es el sentido en que el presente nunca es delgado, y el sentido que pretende el título de este ensayo. El peso del presente no es carga. Es densidad ontológica: todo Ahora lleva la continuidad entera de lo que ha sido, las huellas de cada decisión, la orientación hacia lo que puede devenir y – el ensayo lo argumentará – la apertura a lo que jamás podría venir de ninguna de estas.

El punto es el lugar más pesado de la realidad creada.


3. La Condensación

He aquí la operación, enunciada primero y defendida en tres afirmaciones. Todo Ahora reúne el estado precedente dentro de sí en vez de sucederle. El presente no es el reemplazo del pasado ni su contenedor; es la condensación del pasado: el estado anterior asumido, comprimido y hecho constitutivo de la nueva actualidad, que entonces queda como la herencia del Ahora que sigue. El devenir no es una secuencia de sustituciones. Es un movimiento ininterrumpido de reunión, cada momento inseparable de los anteriores porque cada momento está hecho de los anteriores.

Una palabra sobre el término, ya que puede engañar en dos direcciones. La condensación se llama reunión porque la operación es una asunción: el estado anterior no es trasladado al presente desde fuera, sino constituido en él, del modo en que una conclusión asume sus premisas – presente en lo que sigue, no apilado a su lado –. Y no es compresión en el sentido físico o cuantitativo. La compresión disminuye: descarta lo redundante, aproxima, pierde para ganar sitio. La condensación nada pierde; lo que cambia no es la cantidad del pasado, sino su modo de presencia – como el vapor que al condensarse en agua no rinde sustancia alguna y gana densidad, lo vivido no se rinde en ninguna parte y se hace presente más intensivamente, como constitución y no como secuencia –. Ni, por último, es almacenamiento – la diferencia que la primera afirmación de abajo traza con detenimiento –. Tres lecturas erróneas, una corrección: el pasado está en el presente ni reducido, ni exprimido, ni archivado, sino constitutivo.

La primera afirmación: reunir no es almacenar. La diferencia es la diferencia entre un archivo y una constitución. Un archivo guarda el pasado junto al presente – recuperable, inerte, consultable o ignorable a voluntad –. La condensación no admite junto a: el pasado está en el presente como constituyente, no como custodia. El hombre no tiene su infancia del modo en que tiene sus documentos. Él es su infancia, condensada – junto con todo lo posterior, reunido a través de cada Ahora intermedio –. Por eso la memoria es posible y funciona como funciona. La evocación no es la consulta de un archivador que pudo perderse en un incendio mientras el hombre sobrevivía intacto. Es el interior leyendo su propia constitución; el lector y el registro son una sola cosa. Nada genuinamente vivido desaparece, porque no hay lugar fuera de la persona donde lo vivido se guarde y desde el cual pudiera extraviarse. Está condensado en la constitución presente de aquel que lo vivió.

La segunda afirmación: toda condensación está constituida por dos principios. Llámense herencia – todo lo que el momento anterior aporta – y recepción – todo lo nuevamente dado en este Ahora –. Ambos son esenciales, y cada uno aporta exactamente lo que la ausencia del otro destruiría. Sin herencia no hay identidad: el presente sería un huérfano, relacionado con nada, un primer momento una y otra vez – lo cual es reemplazo bajo otro nombre, la imagen cinematográfica readmitida –. Sin recepción no hay novedad: el presente sería el teorema del pasado, un corolario escrito de antemano, y la libertad sería una palabra sin operación – como lo sería la gracia, pues un don requiere una apertura donde algo pueda darse –. Y la recepción no es azar. El indeterminista ofrece el azar en las junturas de la naturaleza, pero el azar nada da – se limita a variar; un viraje sin causa no es más don que una necesidad heredada –. La recepción nombra la apertura a una actualidad no derivable solo de la herencia – y lo que llega por esa apertura es dado, cosa que el azar nunca es –.

Todo presente es, por tanto, simultáneamente memoria y don.

La fórmula que gobierna este ensayo, y a la cual volverá, es la conjunción de ambos: las cosas serán a causa de lo que han sido, transformadas por lo que reciben.

La tercera afirmación: la condensación es la condición de la legibilidad. Porque cada cosa lleva su devenir dentro de sí, cada cosa puede ser conocida por lo que es. El roble es legible en sus anillos; el rostro es legible en sus líneas; el hombre es legible – con paciencia, y nunca exhaustivamente – en su porte, porque el porte es el devenir, condensado y llevado hacia afuera. Un mundo de reemplazos sería un mundo de extraños: ilegible en cada instante, incluso para sí mismo, ya que el autoconocimiento es también una lectura y no habría nada escrito. El conocimiento de las personas, la confianza, la alianza, la práctica de prometer – todo presupone que aquel que tienes delante contiene lo que ha sido –. La creación es legible porque la creación condensa. Este fue el fundamento de la afirmación de un ensayo anterior de que un verdadero milagro nunca hace mentir a una criatura: la transformación honra la historia condensada que transforma; la sustitución la borra. La metafísica bajo esa distinción es la presente.


4. Huella e Inercia estructural

Si todo Ahora reúne el estado anterior, entonces toda reunión deja algo de la transición en lo que constituye. Llámese a esto la huella: el depósito preservado de una condensación, la marca que el movimiento deja en lo movido. Las huellas se acumulan, y su acumulación no es un montón, sino una orientación – cada huella inclinando el interior en la dirección de su origen, las inclinaciones componiéndose a lo largo de una vida –. Llámese a la orientación acumulada inercia estructural: la topología asentada del yo, la forma que el devenir de una persona ha tallado en la persona, por la cual el próximo devenir tenderá a correr.

Este mecanismo es lo que la tradición ha llamado siempre hábito, y la palabra de la tradición es exacta: habitus, un tener que se ha vuelto un ser-tenido. Un hábito no es una regla que el yo consulta; es un cauce que las condensaciones han abierto, de modo que el agua de la acción lo encuentra sin deliberación. El carácter es inercia estructural legible desde fuera – la razón por la cual decimos, de un hombre bien conocido, eso no es propio de él, frase sin sentido bajo el reemplazo en serie –. Y el mecanismo es moralmente neutro, lo cual es a la vez su terror y su esperanza. La misma operación que hace al adicto hace al santo. La virtud es inercia; el vicio es inercia; la santidad no es la ausencia del mecanismo, sino su consagración – una curvatura tallada por diez mil condensaciones de fidelidad, hasta que el bien se vuelve el cauce y la santidad corre cuesta abajo –.

La tradición ha nombrado también ya el caso de este mecanismo que más importa a lo que sigue. Aquino pregunta directamente si, perdonada la culpa, se quitan todos los restos del pecado – utrum, remissa culpa, tollantur omnes reliquiae peccati –, y responde que no: quedan disposiciones, depositadas por actos pasados, que inclinan al hombre perdonado por los surcos que sus pecados habían abierto (Suma Teológica III, q. 86, a. 5; cf. las heridas de la naturaleza, I-II, q. 85). Las reliquiae peccati son la inercia estructural bajo su nombre más antiguo. El pecado condensa como todo lo demás vivido – esto no es un defecto en el sacramento, como el apartado siguiente argumentará, sino una consecuencia de que la persona sea real –. La huella y la inercia del presente ensayo simplemente generalizan lo que Aquino vio en el caso moral a la constitución del devenir como tal: todo lo actuado deja aquello que inclinó.

Un guardia debe apostarse antes de proseguir. Decir que el interior es infinito – como lo hace el corpus – no es decir que la cadena de momentos sea infinita. La afirmación es que el interior es infinito en riqueza, no en longitud. Ninguna descripción finita podría jamás agotar lo que constituyó incluso el devenir de una piedra en lo que es: toda condensación preserva más de lo que cualquier inventario de ella, y los inventarios de los inventarios se agotan antes que la cosa. Esta densidad inagotable es enteramente compatible con una cadena finita – una vida de años finitos, un número finito de latidos, un primer momento y un último –. Nada actual e infinito se cuela de contrabando. La infinitud es profundidad, no duración; lo que no puede terminarse es la lectura, no el ser leído.


5. El Espejo

Todo lo argumentado hasta aquí se ejecuta, sin filosofía, cada mañana, ante el lavabo. El espejo es la operación encontrada en primera persona.

El espejo muestra el registro. El cabello gris, las líneas, las cicatrices: la huella hecha visible, la condensación escrita en la carne. El rostro es la estela de la travesía. Nada en el cristal es arbitrario; cada línea fue reunida.

Y el que mira ve al mismo. No un parecido; no una memoria convocada para comparar; el mismo – el mismo niño, mirando desde un rostro que el niño nunca tuvo –. Esta es la experiencia común que la imagen cinematográfica no puede enunciar y que la condensación enuncia exactamente. El niño nunca fue dejado atrás en alguna frontera entre etapas, desechado cuando el hombre fue instalado. Fue reunido en cada Ahora subsiguiente, de modo que el hombre no recuerda al niño a través de un abismo – lo contiene, constitutivamente, ahora –. Por eso el niño es visible en el cristal. Y ese es el sentido sobrio de la eterna juventud del alma: no un espectador sin edad aprisionado tras una máscara que se deteriora – la persona envejece, y el envejecimiento es suyo –, sino el niño en el rostro y no detrás de él, presente porque condensado. La edad y la juventud están ambas en el registro, y el registro se sostiene a la vez.

Mírese más y el cristal muestra algo más extraño: lo que nunca sucedió. Los sueños cumplidos están ahí – pero también los incumplidos –. La vida pretendida y no vivida deja su propio depósito: las esperanzas condensan como orientaciones, huellas de lo anhelado, curvatura aportada por los caminos nunca tomados. Una ontología de la instantánea ni siquiera puede enunciar esto – un fotograma contiene lo que contiene, y lo no sucedido no está en él –. La condensación debe enunciarlo: lo que fue recibido como esperanza y nunca heredado como hecho es, no obstante, reunido, como esperanza, en la constitución de aquel que esperó. El interior guarda sus privaciones. Por eso la vista del propio rostro puede afligir: algo de lo que muestra nunca ocurrió.

Una figura está ausente del cristal, y su ausencia ha sido ya explicada. El que mira no aparece entre los contenidos del espejo, como tampoco aparece entre los contenidos de la introspección; un ensayo anterior mostró que este vacío es la firma del fundamento, no evidencia de su ausencia (El fundamento que no aparece). A lo que aquel ensayo probó acerca del sujeto, este apartado añade una observación – y es la observación que hace que el espejo pertenezca al presente ensayo –. La mirada es ella misma un Ahora. En el momento de mirar, el registro entero es reunido en un solo acto presente de autorreconocimiento: la historia condensada entera leída, poseída y asumida en un punto. El espejo no ilustra la condensación. La realiza. Cada mañana, antes de que la filosofía despierte, la operación que este ensayo nombra se ejecuta ante el lavabo – una vida reunida en un instante que dice mío –.


6. La Gracia en la Condensación

El apartado tercero, dejado a sí mismo, prueba demasiado, y la honestidad exige decirlo antes de que la objeción se plantee. Si la herencia fuera el todo de la condensación, la ontología natural diría – una cosa deviene según lo que ha devenido – y la frase se cerraría sobre el futuro como una tapa. La inercia se endurecería en destino. Los cauces se ahondarían y nada saldría jamás de ellos: el adicto estaría acabado, el cobarde confirmado, el pecador simplemente la suma de sus pecados, cada Ahora el teorema del pasado y todo mañana ya escrito. El determinismo no necesita instantáneas; una reunión que solo hereda le serviría igual de bien. El mecanismo que preserva a la persona la aprisionaría.

La recepción es la respuesta, y fue puesta en el mecanismo desde el principio, no añadida cuando la dificultad apareció. Todo Ahora condensa lo que ha sido y recibe lo que jamás podría surgir solo de lo que ha sido. La condensación nunca fue una operación cerrada; la reunión está abierta por un lado – el lado que da al Ahora mismo, donde lo nuevo es dado –. Y la gracia es el caso más alto de la recepción. No una excepción a la metafísica; su corona. La gracia no es una interrupción externa de la topología, una mano que se mete para romper la máquina, porque la máquina nunca estuvo cerrada contra ella: la acción divina entra exactamente en el punto donde ocurre cada condensación y donde ninguna condensación fue jamás autosuficiente – el cruce, el Ahora de espesor cero, el lugar donde lo que ha sido es reunido y lo que es dado es recibido –. Si el futuro fuera solo la consecuencia inevitable del pasado, la gracia no tendría operación. La tiene, porque el presente tiene dos principios.

Ahora el caso sacramental puede enunciarse con la precisión que el mecanismo permite, y el viejo escándalo del confesionario – que el hombre perdonado sale el mismo hombre – se disuelve en estructura. Distíngase lo que la tradición distingue. La culpa no es una huella. No es un contenido de ninguna condensación, no un depósito en el interior; es un estado relacional entre el yo y su fundamento – razón por la cual la absolución puede quitarla enteramente, en un instante, sin rasgar la continuidad del absuelto (el ensayo anterior llamó a esto reorientación, y mostró que no requiere cooperación para ser dada) –. Las reliquiae, los restos, son huellas – y las huellas son constitutivas, razón por la cual la absolución no las quita y por la cual nada podría quitarlas sin quitar al hombre –. Borrar las huellas sería borrar la historia; borrar la historia sería borrar a la persona, ya que la persona es justamente esa historia condensada; y una misericordia que borra a la persona no ha salvado a nadie. La esposa ve al mismo hombre porque no hay otro hombre que ver – y porque el perdón de cualquier otro hombre carecería de sentido –. Que el pecador y el perdonado sean el mismo no es el fracaso del sacramento. Es la condición previa del sacramento.

Así, la gracia no borra; la gracia entra. Entra en la condensación misma: el pasado sigue siendo tuyo; su sentido es reorientado; la trayectoria cambia. Y lo que la absolución comienza en un instante, la santificación lo continúa condensación tras condensación – gracia recibida en Ahora tras Ahora, la inercia desgastada en cauces nuevos del modo en que fue desgastada en los viejos, por actos, repetidos, a lo largo de una estructura que el consentimiento abre pero que no reconfigura por sí solo –. Aquino dice que los restos se disminuyen por actos contrarios bajo la gracia, y el mecanismo del apartado cuarto dice por qué este es el único modo en que podrían: lo que la condensación depositó, la condensación ha de volver a depositarlo. Una gracia, dos tiempos – instantánea en la relación, acumulativa en la estructura –. La Escritura da al segundo tiempo su liturgia: las misericordias del Señor son nuevas cada mañana (Lamentaciones 3, 22-23) – es decir, la recepción es ofrecida en cada condensación, y la reunión nunca se cierra –.

La ontología natural y su culminación pueden ahora ponerse una junto a otra. La naturaleza dice: una cosa deviene según lo que ha devenido. La teología añade: una persona nunca queda reducida a lo que ha devenido, porque la gracia puede entrar en cada condensación del Ahora. La primera frase es verdadera y sería una prisión por sí sola. La segunda no la deroga; nombra la puerta que la primera frase tuvo siempre.


7. Los Rivales honrados

Dos grandes sistemas se hallan cerca de este relato, lo bastante cerca para que la deuda deba reconocerse y la divergencia localizarse con exactitud. Un argumento que solo vence a caricaturas no ha vencido nada; estos no son caricaturas, y no son vencidos – cada uno conserva algo esencial y pierde algo esencial, y las pérdidas son instructivas porque están correlacionadas –.

Bergson es el aliado cercano, y la deuda es mayor de lo que un párrafo puede saldar. Su durée es la condensación antes del nombre: el pasado preservado íntegra y automáticamente – nada perdido, la memoria conservándose sin órgano alguno que la sostenga –, presionando sobre el presente, royendo el porvenir; el yo una bola de nieve que se acumula a sí misma al rodar. Y Bergson alcanza la palabra misma de este ensayo. En Materia y memoria el presente es la contracción del pasado: el cono se sostiene sobre su vértice, la totalidad de la memoria estrechándose hacia el punto que actúa, el pasado entero reunido en el instante del acto. Léanse esas páginas y buena parte del apartado tercero está allí en otras palabras. Aún se debe más: fue Bergson quien primero diagnosticó al rival contra el cual este ensayo se abrió. El mecanismo cinematográfico del pensamiento es su expresión – el hábito del intelecto de recomponer el movimiento a partir de instantáneas – y su crítica de él sigue siendo la más honda jamás escrita. En la preservación del pasado y la falsedad de la instantánea, este ensayo recorre un camino que él abrió.

La divergencia comienza en el instante. La cura de Bergson para la ilusión cinematográfica fue abolir el fotograma por completo: la duración es flujo indivisible, y el instante se descarta como ficción del matemático, un corte que el intelecto hace en lo que nunca cesa. Pero el costo de disolver el punto es disolver todo lo que sucede en un punto. La decisión, en Bergson, es maduración: el acto libre es el yo entero expresándose, un fruto que cae cuando el alma ha madurado – y hay belleza en ello, pero nótese lo que suprime –. No hay cruce donde la voluntad se yerga; el consentimiento se vuelve maduración; el acto es el florecer del pasado y no una postura tomada hacia el pasado en un Ahora. Y con el punto se va el lugar del don. La novedad en Bergson brota desde dentro del flujo – el élan vital es creador –, pero nada le es jamás dado desde más allá de él; su duración genera su propia novedad y no recibe ninguna. Hereda magníficamente, y el segundo principio de la condensación no tiene dónde posarse. Bergson conserva la continuidad y pierde el Ahora – y con el Ahora, la gracia, que no puede entrar en un flujo que no tiene puertas –.

Whitehead es el opuesto instructivo, y estructuralmente el más cercano de todos. La concrescencia es la reunión bajo otro nombre: cada ocasión actual aprehende a sus predecesoras, asume las muchas en una nueva unidad y se añade al mundo – las muchas se hacen una, y son aumentadas en una –. Ni se descarta el pasado: la ocasión completada persiste como inmortalidad objetiva, dato para toda reunión posterior a ella – una doctrina de la huella –. Y Whitehead va más allá hacia el sexto apartado de este ensayo que ningún filósofo fuera de la teología: en su sistema Dios provee a cada ocasión su meta inicial – un señuelo dado en el origen de todo devenir, que la ocasión no generó de su herencia –. Eso es recepción, nombrada y situada: lo más cercano a la gracia entrando en la condensación que la filosofía del proceso posee. Sobre los dos principios, Whitehead es casi un aliado de todo el argumento.

Casi – porque sus ocasiones perecen. Cada sujeto completa su devenir, lo goza y es sucedido; el yo es una sociedad de sujetos momentáneos con orden personal, una ruta de ocasiones cada una heredando de la anterior y ninguna continuando a través. Perecer perpetuo: el reemplazo en serie ejecutado con genio. Síguese la consecuencia hasta el confesionario y se quiebra exactamente donde se quebró la imagen cinematográfica. La ocasión que pecó y la ocasión absuelta son entidades actuales estrictamente distintas que comparten un linaje; la responsabilidad se vuelve la herencia de una culpa por un descendiente y no la posesión de un acto por su agente; la absolución se dirige a nadie que hiciera la cosa.

La diferencia más honda yace entre la inmortalidad objetiva y la posesión constitutiva, y merece trazarse despacio, porque parece pequeña y lo decide todo. En Whitehead el pasado se preserva al ser dado a lo que sigue: la ocasión completada entra en sus sucesoras como dato objetivado – presente en ellas como objeto, nunca como sujeto, su propia inmediatez extinguida al completarse –. El pasado es, por tanto, tenido, y tenido por todo lo que está aguas abajo de él, públicamente, del modo en que se tiene un hecho acerca del mundo. Nótese lo que esto le hace a la memoria. Recordar mi infancia, según este relato, es aprehender los datos de ocasiones-antepasadas – una operación estructuralmente idéntica a conocer muy bien el pasado de otra persona –; mi historia y la tuya difieren en intimidad de transmisión, no en clase. El espejo atestigua lo contrario. El reconocimiento ante el cristal no dice bien documentado; dice mío – una diferencia en clase, no en grado, y un dato no puede aportarla –. La condensación nombra lo que sí: el pasado está presente en aquel que lo vivió no como dato, sino como constitución – no lo que el presente consulta, sino aquello de lo que el presente está hecho –. La inmortalidad objetiva preserva el pasado para el mundo; la condensación lo preserva en el hombre. Y el orden moral presupone lo segundo: el arrepentimiento no es la revisión del expediente de un antepasado; es la posesión del propio acto, posible solo donde el acto es constitutivamente propio. El hombre ante el espejo, según el relato de Whitehead, reconoce a lo sumo un patrón bien transmitido; no contiene al niño – desciende de él –. Whitehead conserva la reunión, e incluso el don, y pierde al que reúne.

Así las dos pérdidas se enfrentan, y están correlacionadas, porque ambos sistemas rehúsan lo mismo: un Ahora de espesor cero ocupado por un continuante. Bergson disuelve el punto en flujo; Whitehead lo multiplica en una serie de sujetos que perecen. Uno tiene un continuante sin Ahora; el otro tiene Ahoras sin continuante. La gracia requiere ambos a la vez – un lugar donde pueda ser dada y un sujeto a quien el darse pueda importar más allá del instante –. La condensación no es, por tanto, un empalme ecléctico de los dos sistemas; es la posición en la cual sus pérdidas correlacionadas se evitan simultáneamente: la continuidad de Bergson, la recepción de Whitehead y el único continuante escolástico que recorre – el mismo, reunido en cada cruce, desde el primer Ahora hasta el último –.


8. La Ultima condensación

Hay un último Ahora. El estado temporal final de una persona es la última condensación de toda una vida terrena: la travesía entera reunida una vez final, sin nada más que heredar desde dentro del tiempo. Todo lo que el ensayo ha dicho converge en ese punto y da a la urgencia del lecho de muerte de la tradición su verdadero carácter – no superstición, no terror, sino aritmética –. El último Ahora es el último punto de recepción que la existencia terrena ofrece. Lo que la persona es en esa reunión es lo que una vida de condensaciones ha constituido; la topología asentada llega al cruce entera.

Pero el principio se sostiene en el fin exactamente como se sostuvo en todas partes, y esta es la misericordia final del ensayo. La última condensación es todavía una condensación – herencia y recepción –. Incluso en el último Ahora, la reunión está abierta por el lado donde lo nuevo es dado; incluso allí, la persona puede recibir lo que jamás podría surgir solo de lo que ha sido. Por eso ninguna vida está cerrada desde dentro, y el Evangelio ya ha aportado el caso máximo: un ladrón crucificado, una vida entera de robo condensada y colgando en su cruce final, recibe en una sola frase lo que nada en aquella vida podría haber generado – hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23, 42-43) –. Nada en su historia produjo eso. Su historia fue reunida – no borrada, reunida; está en el paraíso como el ladrón, el que lo hizo y fue perdonado – y en la última condensación el don entró. La fórmula se sostiene en cada Ahora, incluido aquel tras el cual no hay otros.


9. Síntesis

Las piezas encajan. El Ahora es delgado, y por tanto el presente es pesado. Toda condensación está constituida por herencia y recepción: una preserva la identidad, la otra abre el presente al don. La condensación reúne en vez de reemplazar, de modo que nada genuinamente vivido desaparece; la reunión deposita huellas; las huellas se asientan en inercia; y la inercia no es destino, porque solo uno de los dos principios del presente es el pasado. La gracia es el don en el cruce – levantando en un instante la culpa que nunca fue huella, entrando a lo largo de una vida las huellas que no podían quitarse sin quitar al hombre –. Todo presente es memoria y don.

Las cosas serán a causa de lo que han sido, transformadas por lo que reciben.

Esto reconsideraré en mi corazón, y por tanto tendré esperanza: las misericordias del Señor nunca terminan; nunca cesan sus piedades; nuevas son cada mañana. — Lamentaciones 3, 21-23


Referencias

Agustín de Hipona. Confesiones. (Libro XI.)

Aquino, Tomás de. Suma teológica. (En especial I-II, qq. 49-54, 85-89; III, q. 86.)

Bergson, Henri. Materia y memoria.

Bergson, Henri. La evolución creadora.

Catecismo de la Iglesia Católica. 2.ª ed. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997.

Machado, Antonio. Campos de Castilla. Madrid: Cátedra, varias ediciones. (“Proverbios y cantares”, XXIX.)

La Sagrada Biblia. (Lamentaciones 3, 21-23; Lucas 23, 39-43.)

Whitehead, Alfred North. Proceso y realidad.

Gaitan, Oscar. La lemniscata del tiempo: una topología de la memoria, la posibilidad y la gracia.

Gaitan, Oscar. El interior infinito: sobre el espacio, el cambio y la integridad del yo.

Gaitan, Oscar. El fundamento que no aparece: Hume, la invariancia y el yo.

Gaitan, Oscar. La topología de la absolución: continuidad, agencia y la no-sustitución del yo.