«Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.» — Colosenses 1, 17


Indice



Resumen

Desde el primer ensayo de esta topología, un verbo ha realizado más trabajo del que jamás se le ha obligado a explicar. ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí? estableció que el Ahora, al carecer de reservas propias, ha de mantenerse abierto por aquello que no está él mismo en el tiempo —el YO SOY EL QUE SOY, subsistente por sí—, y cada ensayo posterior se ha apoyado en ese sostener sin decir ni una vez qué es. La palabra quedó en metáfora: Dios sostiene el Ahora al modo en que la atención sostiene un pensamiento. Este ensayo retira la metáfora y, al retirarla, enuncia la definición de la Lemniscata que la secuencia de cinco ensayos sobre el tiempo ha ganado. Dos cosas heredadas del lenguaje temprano han de corregirse. Primero, el adverbio: decir que el Ahora «depende continuamente» de Dios coloca la sucesión en el lado equivocado de la relación y reintroduce de contrabando el tiempo en el Fundamento del que se lo quería librar —la sucesión pertenece a la criatura que recibe, no a la fundamentación—. Segundo, la gramática: «Dios sostiene el Ahora» está mal formada, pues el Ahora no es un ente que pudiera ser objeto de una operación; es la forma invariante que reviste la recepción de actualidad de un continuante. De ahí se sigue una tercera corrección, y es el centro del ensayo: sostener no es conservar contra la decadencia, sino constituir. Lo derivado no posee existencia autónoma alguna que pudiera cesar y requerir por ello apuntalamiento; la dependencia constitutiva carece de todo «de lo contrario». La Lemniscata se define entonces, en su forma madura, no como una imagen del tiempo, sino como la topología por continuante de la actualización temporal, que no se funda en ninguno de sus propios elementos —ni en los lazos, ni siquiera en el cruce—, sino en lo No Derivado, que no es un punto de la figura, sino la razón de que haya una figura que trazar. El ensayo se cierra sobre el dato vivido que toda la abstracción existe para nombrar: nadie es el autor de su propio instante siguiente.


I. La palabra que aún se debe

Una topología que ha hecho de la auditoría de sus propias deudas una cuestión de método (El Todavía-No del Ahora) no puede seguir gastando indefinidamente una palabra que nunca ha ganado. La palabra es sostener. ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí? llegó a ella con honestidad y la dejó en pie como una imagen: Dios sostiene el Ahora al modo en que la atención sostiene un pensamiento —retírese la atención y el pensamiento no cae, cesa—. La imagen estaba bien escogida, y frente a las peores imágenes que corrigió —la mano que sostiene una copa, la fuerza que empuja hacia adelante un presente— acertaba. Pero era una imagen, e hizo algo peculiar bajo su propio peso: volvió epistémico el sostener. La atención es un modo de conocer. Decir que Dios sostiene el Ahora como la atención sostiene un pensamiento es hacer que el fundamento del ser suene como un conocedor que mantiene un objeto a la vista, y el corpus no quiere decir eso. Quiere decir algo ontológico, y nunca ha dicho qué.

Los demás ensayos heredaron la palabra aún no saldada y la pusieron a soportar carga. ¿Qué es el Pasado? sostuvo que nada de lo vivido se pierde, porque el pasado no se preserva por separado, sino que se lleva dentro del presente, el cual es a su vez sostenido, en cada instante, por el único fundamento que mantiene abierto el Ahora. ¿Qué es el Futuro? fundó la apertura del horizonte en ese mismo fundamento. ¿Qué es el Ahora? al corregir la mayor extralimitación de la topología, reubicó el sostener desde un único corte cósmico hasta cada punto de actualización a lo largo de la historia de cada continuante a la vez, y lo asignó —con acierto y con la modestia de una resonancia más que de una prueba— a la doctrina de la inmensidad divina de Tomás de Aquino. Cada uno de estos ensayos dijo dónde alcanza el sostener, o cuántos cruces mantiene, o qué depende de él. Ninguno dijo qué significa el verbo. ¿Qué es el Ahora? localizó el sostener. No lo saldó. Este ensayo lo salda, y al hacerlo completa la figura cuya fundamentación el verbo nombra.


II. Adónde ha llegado la secuencia

Aquí se presuponen cinco resultados, argumentados en otros lugares, recordados y no vueltos a derivar. La invariancia del Ahora: una condición no viaja, y el Ahora es una condición; lo que experimentamos como flujo es la sucesión de las actualizaciones, no el movimiento del cruce (¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí?). La condensación: cada presente reúne a su predecesor en lugar de sucederlo, constituido a la vez por herencia y por recepción, con la gracia como el caso supremo de la recepción (El Peso del Presente). El cierre: el pasado es confluencia que ha dejado de recibir, depositada como traza en la constitución de lo que ahora es, sustraída de ninguna parte (¿Qué es el Pasado?). La asíntota: el futuro es el horizonte encarado a toda escala y alcanzado en ninguna, abierto por no estar condensado, que retrocede exactamente al ritmo en que avanza el presente (¿Qué es el Futuro?). Y la corrección que rehízo la figura: no hay un único Ahora universal que abarque todos los eventos separados; el Ahora es una relación por continuante, un cruce por cada línea de universo, y lo que Dios sostiene no es un corte, sino la multitud incontable de cruces, cada uno mantenido entero e indiviso (¿Qué es el Ahora?).

Aquel último resultado le hizo a la Lemniscata algo que todavía no se ha enunciado como definición. Multiplicó la figura. Ya no hay una sola lemniscata que el cosmos haya de trazar; hay tantas como continuantes. La figura sobrevivió a la multiplicación —el eje que entra en ella desde fuera nunca viajaba dentro del plano para alcanzar un nodo privilegiado, y por eso nada pierde al hallar muchos—, pero el corpus no se ha detenido a decir qué es ahora la figura, una vez que es una por continuante y una vez que el verbo que la funda está a punto de precisarse. Esa es la primera tarea.


III. La Lemniscata madura

Fijemos primero lo que la figura no es, porque toda la historia de la imagen invita a los errores. La Lemniscata no es una imagen del tiempo como una sustancia que se mueve. Nada la traza desde fuera; ningún punto recorre sus lazos; el cruce no se desliza del pasado hacia el futuro. Y no es una sola figura. Es la forma de la actualización temporal de un único continuante, y hay exactamente tantas como seres que sufren una. Esta multiplicación es de historias temporales dentro de un único orden creado, no de mundos ni de realidades: los muchos cruces son muchas vidas, no muchos universos.

Ahora la figura, parte por parte. El cruce es el Ahora del continuante —de espesor cero, no un momento, sino la relación estable entre ese continuante y la totalidad de lo que es actual para él (¿Qué es el Ahora?)—. Es donde ocurre la condensación: donde la herencia, reunida entera, se encuentra con la recepción de lo que se da de nuevo. El lazo izquierdo no es el pasado. Es la memoria —el acto del interior de leer lo condensado, que se curva hacia afuera desde el cruce y regresa, selectiva y falible precisamente por ser un acto—. El lazo derecho no es el futuro. Es la anticipación —el acto de proyectar sobre el horizonte, falible del mismo modo y por la misma razón—. Los lazos son epistémicos; el cruce es ontológico. Lo que los lazos ejecutan, el cruce lo constituye. Y el orden temporal no está tendido a lo largo de los lazos como una vía; surge de la condensación asimétrica de cruces sucesivos —el posterior reúne al anterior, el anterior no reunió al posterior—, de modo que el orden de la figura es interno a sus actualizaciones y no una línea sobre la cual estén ensartadas.

La Lemniscata es la topología de la actualización temporal de un continuante: un cruce de espesor cero —el Ahora— en el que una constitución heredada, condensada entera, se encuentra con un horizonte abierto de recepción; flanqueado por dos lazos epistémicos, la memoria que lee lo que se ha cerrado y la anticipación que proyecta lo que aún no ha llegado; su orden generado por la condensación asimétrica de cruces sucesivos y no por movimiento alguno dentro de la figura; y fundada, como un todo, no en ninguno de sus propios elementos, sino en lo No Derivado de lo que depende cada una de sus actualizaciones.

Una objeción a la figura ha de atenderse aquí y no diferirse, porque es la más aguda de que se dispone y los ensayos posteriores la han armado. Una lemniscata tiene lazos, y los lazos tienen extensión —área, una región barrida, una magnitud—. Pero ¿Qué es el Pasado? y ¿Qué es el Futuro? se afanaron en negar exactamente esto del pasado y del futuro: el pasado no es una región detrás, el futuro no es un territorio delante; ninguno tiene extensión, porque ninguno es un lugar. ¿No re-espacializa la figura precisamente lo que la doctrina des-espacializó? Lo haría, si los lazos fueran el pasado y el futuro. No lo son, y la corrección que el corpus ya hizo es lo que salva la figura. Los lazos son los actos —memoria y anticipación—, y los actos sí tienen alcance: una memoria se extiende y regresa, una anticipación proyecta más lejos o menos lejos, y ese alcance es real y pertenece a la ejecución. Lo que no tiene extensión es el pasado mismo, el futuro mismo y el Ahora —y ninguno de ellos es un lazo—. El pasado está condensado en el cruce; el futuro se encara en el cruce; el Ahora es el cruce. La figura da expresión espacial solo al alcance de estas ejecuciones epistémicas, y deja sin dimensión lo que la doctrina exige que carezca de dimensión. Los lazos nunca fueron los territorios. Fueron siempre las travesías.


IV. El adverbio en el lado equivocado

Ahora el verbo. Empecemos por la corrección más pequeña, porque es la que más fácilmente pasa inadvertida y la que, si se deja en su sitio, deshace calladamente todo lo demás. El corpus, siguiendo a su primer ensayo, habla del Ahora como continuamente dependiente —que recibe su existencia, en cada instante, del Fundamento—. Léase el adverbio literalmente y hace daño. Continuamente es una palabra temporal: nombra una sucesión, un en-cada-instante, un seguir-y-seguir. Adhiéraselo a la relación de fundamentación y el Fundamento adquiere un horario. Un Dios que ejecuta la relación de dependencia instante por instante, sosteniendo este cruce y luego el siguiente y luego el siguiente, es un Dios con un cuándo —que es exactamente el Dios que ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí? negó cuando situó al YO SOY EL QUE SOY enteramente fuera de la sucesión, so pena de un regreso infinito de Ahoras en los cuales existir—. La mano-que-sostiene fue borrada del cuadro; el adverbio la reintrodujo de contrabando, invisible, haciendo el mismo trabajo bajo una palabra mejor.

La corrección no consiste en suprimir la sucesión, sino en trasladarla. La sucesión es real. Está simplemente en el otro lado de la relación. La criatura recibe continuamente; el Fundamento no da continuamente. No hay muchos actos de fundamentación, uno por cruce, ensartados a lo largo de una línea temporal divina; hay un único acto no sucesivo de dar el ser, bajo el cual los cruces de un continuante surgen sucesivamente porque es el continuante, y no el Fundamento, lo que corre en una línea. Trasládese el adverbio un término a la izquierda —de la fundamentación a la recepción— y cae el último mecanismo. Dios funda, atemporalmente y sin sucesión; la criatura recibe, continuamente y en serie. La dependencia de la criatura es continua porque su actualidad temporal es sucesiva; esto no implica una sucesión de actos divinos que respondan, uno a uno, a esa sucesión. ¿Qué es el Ahora? ya vio la forma de esto cuando insistió en que el Ahora está indexado a un continuante mientras que la actualidad no queda relativizada por esa indexación. La misma asimetría vale para el verbo: la sucesión está indexada al receptor, y la fundamentación no.


V. El Ahora no es una cosa que sostener

La segunda corrección es más difícil, porque toca una oración que el corpus ha repetido como si estuviera evidentemente bien formada: Dios sostiene el Ahora. Gramaticalmente la oración es transitiva —un agente, una operación, un objeto— y esa gramática es todo el problema. Fuerza a la vista tres elementos: Dios, un acto de sostener y un Ahora que recibe el acto. Retrata precisamente la disposición que el corpus intenta dejar atrás, en la que sostener es algo que se le hace a una cosa que, de lo contrario, no persistiría.

Pero el Ahora no es una cosa. No tiene espesor, ni sustancia, ni reservas —el primer ensayo fue enfático—, y un punto de extensión cero no es la clase de elemento que pueda ser objeto de una operación, sostenido al modo en que se sostiene un objeto. ¿Qué es, entonces, lo que se sostiene? No el Ahora, como si el Ahora fuera una entidad frágil preservada del colapso. Lo que depende de lo No Derivado es la actualidad misma —el ser-en-acto de todo lo que es actual— y «el Ahora» no es una segunda cosa que también depende; es el nombre de la forma invariante que esta dependencia reviste para un continuante temporal. Ser actual, para una criatura, es recibir actualidad de modo no autónomo, de aquello que uno no es. El Ahora es lo que esa recepción parece desde dentro de un ser que la recibe en serie: el cruce permanente, el mismo en especie en cada instante, en el que la criatura es dada al ser. Dios funda la actualidad. «El Ahora» es la forma invariante que la fundamentación reviste desde dentro de lo fundamentado.

Esto disuelve el cuadro transitivo en lugar de mejorarlo. La oración no debería repararse en «Dios sostiene el Ahora mediante X»; debería releerse. Ser actual es estar fundado en lo No Derivado; el Ahora es la forma invariante bajo la cual una criatura temporal sufre esa fundamentación. No hay tres elementos —Dios, acto, Ahora—, sino dos términos de una única relación de dependencia: lo No Derivado, y la actualidad derivada que no es nada salvo en cuanto recibida. El Ahora no es una parte de la relación. Es la forma de la relación, del lado de aquel que es sostenido.


VI. Sostener es constituir, no conservar

Las dos correcciones convergen en la tercera, que es el centro del ensayo y el punto en que la metáfora no se reemplaza, sino que se disuelve. Toda la búsqueda de un mecanismo del sostener —¿sostiene Dios mediante el pensamiento, mediante la atención, mediante un mantener-abierto?— descansa sobre un cuadro que nadie ha enunciado porque enunciarlo lo refutaría: el cuadro de una brecha. Supone que el Ahora, dejado a sí mismo, tendería a cerrarse; que su persistencia es un logro arrancado a una tendencia nativa a cesar; que sostener es la derrota continua de esa tendencia, el apuntalar-abierto de lo que de lo contrario se cerraría de golpe. Todo mecanismo candidato es una respuesta a la pregunta «¿cómo se impide el cierre?» —y la pregunta está mal formada, porque la dependencia constitutiva carece de todo «de lo contrario»—.

Una actualidad derivada no es una cosa que existe y luego, precariamente, sigue existiendo contra un tirón hacia el no-ser. No tiene existencia desde sí misma —ninguna— salvo en cuanto recibida. No hay, por tanto, persistencia autónoma alguna que una decadencia pudiera amenazar, ni intervalo alguno a través del cual un apuntalamiento hubiera de sostenerse. El Ahora no se mantiene abierto contra una tendencia a cerrarse, porque no tiene tendencia propia en ninguna dirección; no tiene nada de suyo. La palabra ha portado tres sentidos que no deben confundirse entre sí: la preservación física, el guardar una cosa de romperse o decaer; la continuación temporal, la persistencia de una cosa de un instante al siguiente; y la conservación ontológica, la dependencia de un ser respecto de su fuente para el ser-en-acto en absoluto. Los dos primeros presuponen una cosa ya asegurada en la existencia, y ninguno es lo que aquí se quiere decir. Sostener, hecho preciso, no es conservar algo contra su propia disolución. Es constituir: ser aquello en lo que el ser-en-acto de una cosa consiste por entero, de modo que la cosa no está primero ahí y luego se mantiene, sino que es, en el mismo respecto indiviso, dada-al-ser y dependiente. Lo que se constituye es el ser-en-acto de la criatura —su esse—, no su esencia, ni su identidad, ni su contenido, ni su propia causalidad secundaria, todo lo cual sigue siendo genuinamente de la criatura: Dios constituye su ser-en-acto, sin proveer lo que ella es ni actuar en su lugar. La criatura no tiene esse desde sí misma; eso, y nada más, es la afirmación. Retírese el fundamento y nada decae, porque nada estaba en pie por sí mismo, para empezar, como para comenzar a caer. No hay siquiera un instante de cesación —el primer ensayo lo vio y lo enunció mejor de lo que sabía—: no un caer, no una demora, no una transición; sencillamente no es. Nada de lo dicho anula la agencia causal de la criatura; la causalidad secundaria conserva su carácter propiamente creatural en el punto de cruce.

Aquí la tradición debe recibirse con cuidado, porque llegó a esto antes que la topología y lo hizo con mayor sobriedad. Tomás de Aquino trata la conservación de las cosas en el ser no como un segundo acto realizado después de la creación —no como una concesión de mantenimiento renovada en cada instante—, sino como la continuación misma del único acto por el cual Dios da la existencia, un acto, tiene cuidado de decir, sin movimiento y sin tiempo. La topología no añade a eso más que un vocabulario, y debería decirlo con llaneza. Que la conservación, según Tomás, sea un solo acto con la creación, y no una secuela suya, es exactamente lo que exigía el adverbio corregido de la sección anterior: ninguna sucesión del lado del Fundamento, porque no hay un segundo acto, ni un enésimo acto, sino uno. Y allí donde el lenguaje tomista puede sonar como si algo estuviera siendo guardado de caer —si Dios retirara su acción, todo caería en la nada—, la cuestión no es que las criaturas pugnen contra una decadencia que Dios contrarresta perpetuamente, sino que su no-ser, si la dependencia cesara, sería inmediato y total precisamente porque su ser nunca fue el suyo propio como para aminorar su pérdida. El «caería en la nada» es el rostro lógico de la no-autonomía, no un ritmo de decadencia. No presumo de mejorar la doctrina; solo pretendo mostrar que la topología, seguida con honestidad, llega adonde ella ya estaba, y que esa llegada disciplina la metáfora que el corpus venía usando en su lugar.


VII. Lo que la palabra nombra desde dentro

Nada de esto se gana su lugar como metafísica hasta que se muestra que es la descripción de algo vivido, porque a un concepto en esta topología se le exige iluminar la condición humana desde dentro de ella, no cernerse por encima. Así que dejemos a un lado el aparato y preguntemos qué nombra sostener antes de ser una doctrina.

Nombra esto: no soy el autor de mi propia continuación. No hice el momento en que estoy, y no estoy haciendo el siguiente. Llega. Me encuentro ya dentro de él, dado al ser, sin haber producido el ser por el cual estoy ahí para advertirlo. Esto no es una inferencia; es el dato más constante que hay, y el más pasado por alto, porque nunca varía. Cada aliento se recibe antes de tomarse. El yo que tendría que sostenerse a sí mismo no está debajo de su propia existencia, sujetándola; está encima de ella, llevado. La Mónada que Recibe: Sobre Leibniz, la Indivisibilidad y la Posibilidad de la Relación halló que recibir no es adquirir una segunda cosa junto a una primera, sino una alteración enteramente dentro del acto único de un sujeto indivisible —y la recepción de la propia actualidad siguiente es el caso límite: lo que se recibe no es un contenido añadido a un yo, sino el propio estar-ahí del yo para recibir cosa alguna—.

Para esto es la abstracción. «La actualidad derivada depende del Ser No Derivado» se vuelve la sospecha del muralista hecha carne solo cuando se lee como la transcripción de la llegada del momento —la donación no autocausada de un Ahora ulterior que yo no fabriqué—. Quien haya sentido la existencia como algo que se le entrega, y no como algo que él sostiene, ya ha encontrado, sin el vocabulario, todo lo que el vocabulario intenta decir. El concepto no reemplaza la experiencia. Es la experiencia, enunciada de modo que su estructura pueda verse.


VIII. La gramática del Fundamento

Quedan dos cosas por situar: el Fundamento respecto de la figura, y la afirmación respecto de aquello de lo que es afirmación. Primero la figura. La tentación permanente de toda imagen de centro-y-figura es promover a Dios al punto central —hacer de lo No Derivado el cruce, el nodo quieto en torno al cual giran los lazos—. El corpus apostó pronto la guardia: Dios sostiene la figura porque no está dentro de ella en absoluto, ni siquiera como su centro; el Ahora, aunque sea el punto creado de contacto, no es Dios. Este ensayo endurece la guardia hasta hacerla una consecuencia del verbo. Si sostener es constituir y no una operación realizada en un lugar, entonces el Fundamento no está en ningún punto de la figura, ni siquiera en el privilegiado, porque no hay punto alguno en el que el constituir suceda como un evento entre los eventos de la figura. El Fundamento no es el cruce. Es por qué hay un cruce que sea.

Y porque la figura es ahora por continuante e incontablemente múltiple, este es el único cuadro que servirá: no un Fundamento que ocupe un nodo central, sino un Fundamento que es la razón de que cada uno de los incontables cruces sea, presente a cada uno —como la tradición dijo de la inmensidad— entero e indiviso, según el modo propio de ese cruce, sin quedar repartido entre ellos como un medio entre muchos (¿Qué es el Ahora?). Los tres niveles que el corpus distinguió sostienen esto exactamente: la Presencia, el modo de ser de Dios; el Ahora, la condición creada de la actualización; el presente, la actualidad de la criatura. El sostener recorre los niveles como dependencia, no como un acto que cruza una distancia —el presente es a causa del Ahora, el Ahora está fundado en la Presencia, y ninguno de los tres es Dios descendiendo a la figura para hacer algo en un punto dentro de ella—. El Ahora no es una causa puesta entre Dios y la criatura, una tercera cosa a través de la cual el ser se transmita; es la condición —la forma— bajo la cual la actualidad recibida de la criatura se instancia temporalmente. La relación tiene dos términos, no tres.

La afirmación, en segundo lugar, y con la nota de método que este corpus guarda. Lo que aquí se ofrece es una proposición filosófica sobre el significado de la dependencia ontológica, no un pronunciamiento doctrinal. Es una proposición sobre la conservación sola —la dependencia de las criaturas respecto de Dios para su ser— y no intenta derivar de esa dependencia una teoría de la providencia, ni de la determinación de los actos libres futuros; el horizonte abierto que ¿Qué es el Futuro? defendió queda, por tanto, intacto. La Escritura habla de un mantener-unido —en él todas las cosas subsisten, que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder, en él vivimos, nos movemos y existimos— y este ensayo, más que hacer exégesis de esos textos, ofrece la filosofía que un lector podría llevar de vuelta a ellos: un contenido para la palabra sostener que no haga de Dios un puntal cósmico. El Fundamento filosófico aquí nombrado no es rival de, ni estrechamiento de, el Dios que la Iglesia confiesa como Creador: la creación y su conservación son la obra inseparable del único Dios Trino —Padre, Hijo y Espíritu— en quien, como dice el epígrafe, todas las cosas subsisten. Si la explicación es adecuada a lo que esos textos pretenden es una cuestión ulterior y más humilde que la que aquí se resuelve. Y el linaje es una resonancia, no una credencial. Que el fundamento de un ser pudiera ser aquello que no es un elemento categorial junto a él —presente como la condición de lo finito y no como un miembro de ello— es un pensamiento que de Lubac y Rahner persiguieron mucho más allá de donde este ensayo se sostiene, y los invoco como compañía en el camino, no como autoridades que yo haya ganado el derecho de alistar. La afirmación de la topología descansa sobre su propia coherencia estructural, como el primer ensayo dijo de todos sus testigos, y no sobre sus nombres.


IX. Un enunciado formal

Dos oraciones, ofrecidas como las definiciones que este ensayo existe para fijar.

La Lemniscata es la topología por continuante de la actualización temporal: un cruce de espesor cero en el que la herencia, condensada entera, se encuentra con un horizonte abierto de recepción, flanqueado por los dos lazos epistémicos de la memoria y la anticipación, ordenado por la condensación asimétrica de cruces sucesivos y no por movimiento alguno dentro de él, y cuyas actualizaciones, todas ellas, dependen ontológicamente de lo No Derivado, que no es elemento alguno de la figura.

Sostener es constituir: ser aquello de lo que una actualidad derivada depende, radical y no sucesivamente, para su ser-en-acto, de modo que la actualidad no es primero y luego se mantiene, sino que es, en un respecto indiviso, dada-al-ser —el fundamento dando, sin sucesión y sin movimiento; la criatura recibiendo su actualidad, continuamente y en serie; y ninguna brecha entre ellos a través de la cual algo pudiera sostenerse, porque lo derivado no tenía nada propio que sostener—.


X. Coda

El primer ensayo preguntó si el tiempo nos necesita o nosotros necesitamos el tiempo, y respondió que ninguno es primario y ambos son sostenidos. Nombró al que sostiene y dejó sin explicar el sostener, porque la pregunta aquel día era quién, no cómo. El cómo ha quedado ahora respondido del único modo que la topología permite: no hallando el mecanismo, sino disolviendo la exigencia de uno. No hay pensamiento por el cual Dios piense el Ahora, ni mano por la cual lo sostenga, ni atención por la cual lo mantenga a la vista, porque no hay brecha entre el Ahora y su fundamento que ninguno de estos haya de salvar. El Ahora no se sostiene al modo en que se carga un peso o se abriga un pensamiento. Es constituido, si se permite una imagen, como se proyecta una sombra —no sostenida por la luz contra una tendencia a caer, sino sencillamente no ahí, en absoluto, en ausencia de la luz, y no porque la luz hiciera nada más que ser la luz—.

No somos los autores de nuestra continuación. Eso es todo, sentido desde dentro; y enunciado desde fuera, es que la actualidad derivada recibe su ser, sin resto y sin intervalo, de lo No Derivado que no recibe el suyo. La figura se traza una vez por criatura, hacia adelante, singular. Su cruce carece de dimensión. Su fundamento no es un punto sobre ella. Y el sostener que el corpus ha nombrado desde su comienzo no es, ni fue nunca, un acto realizado sobre el Ahora. Es el estar en pie de toda la figura en Aquel que no está dentro de ella —

YO SOY EL QUE SOY.


Referencias

  • Biblia de Jerusalén. 5.ª edición. Desclée De Brouwer, Bilbao, 2019. (Colosenses 1, 17; Hebreos 1, 3; Hechos 17, 28; Éxodo 3, 14.)
  • Tomás de Aquino. Suma de Teología. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2001. (I, q. 8, sobre la inmensidad; I, q. 104, sobre la conservación de las cosas en el ser.)
  • Agustín de Hipona. Confesiones. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1998. (Libro XI.)
  • de Lubac, Henri. El misterio de lo sobrenatural. Ediciones Encuentro, Madrid, 1991.
  • Rahner, Karl. Curso fundamental sobre la fe. Herder, Barcelona, 1979.
  • Gaitan, Oscar. ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí? La Ontología del Ahora, la Invarianza de la Presencia y el Fundamento del Ser. 2026.
  • Gaitan, Oscar. La Lemniscata del Tiempo: Una Topología de la Memoria, la Posibilidad y la Gracia. 2026.
  • Gaitan, Oscar. El Peso del Presente: Sobre la Condensación, la Gracia y la Continuidad del Devenir. 2026.
  • Gaitan, Oscar. La Mónada que Recibe: Sobre Leibniz, la Indivisibilidad y la Posibilidad de la Relación. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Cuándo es el Presente? Sobre el Ahora Invariante y la Actualidad Temporal. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Qué es el Pasado? Sobre la Confluencia Cerrada, la Condensación y el Ser de lo Vivido. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Qué es el Futuro? Sobre el Horizonte Asintótico, la Recepción Abierta y la Presencia Eterna. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Qué es el Ahora? Sobre la Simultaneidad, el Punto Único y el Cierre de la Figura. 2026.
  • Gaitan, Oscar. El Todavía-No del Ahora: Sobre el Futuro, el Pasado y las Deudas que la Topología Debe. 2026.


Lecturas Complementarias

Monografía


Ensayos Seleccionados