«Ellos perecerán, pero tú permaneces; todos envejecerán como un vestido… pero tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin.» — Hebreos 1, 11-12

«Una cosa es ser llevado a través de una vida sin fin, que Platón atribuyó al mundo, y otra haber abrazado de una vez la presencia entera de una vida ilimitada, lo cual es propio, con toda evidencia, de la Mente divina.» — Boecio, La consolación de la filosofía, V, prosa 6


Indice



Nota sobre las fuentes y el método

Este ensayo es compañero de ¿La ley se explica a sí misma? y de ¿Qué Sostiene el Ahora?, y presupone la topología desarrollada a lo largo de la secuencia temporal, que aquí recuerda en lugar de volver a derivar: la lemniscata cuyo cruce es el Ahora, la dependencia constitutiva —y no sucesiva— de la actualidad derivada respecto del No Derivado, y la distinción real de esencia y existencia en todo lo que no es el Primero. Presupone, además, la disciplina del corpus respecto de la física. Nada de lo que aquí se dice afirma de la cosmología lo que la cosmología no afirma. No se sostiene aquí que el universo sea de hecho sin comienzo: el ensayo considera la carencia de comienzo como hipótesis filosófica, para preguntar si ella eliminaría la dependencia ontológica, y no reabre la afirmación teológica del comienzo de la creación —que el propio Aquino sostuvo por fe y no por demostración. Lo que se defiende es una proposición sobre la dependencia ontológica —que la interminabilidad temporal, de concederse, no conferiría un ser no derivado— y, como el corpus insiste en señalar, la forma más débil y más segura de esa proposición, y no una forma más fuerte que no ha justificado. Los testigos invocados —Aquino ante todo, y Boecio, Aristóteles, Leibniz— son testigos paralelos y compañía en el camino, no autoridades de las que el argumento descienda; el argumento se sostiene o cae por su propia coherencia estructural. Y el ensayo conserva el método que la secuencia ha mantenido: toma una palabra que cumple dos funciones, y la desglosa.


Resumen

Una meditación parte de dos frases puestas una junto a otra —Dios es infinito, el universo es infinito— y oye en la primera la sospecha de que ser infinito es carecer de comienzo, y en la segunda el temor de que un universo sin fin comparta, al cabo, un atributo con su Fundamento. Este ensayo responde desglosando una palabra. ¿Divide la Relatividad el Ahora? purgó de la explicación del Ahora su última imagen espacial, el corte cósmico; este ensayo realiza la contraparte temporal, y purga de la palabra fundamento su última imagen temporal, el primer instante. El equívoco reside en sin comienzo, que cumple dos funciones distintas: lo que es verdadero en un sentido es falso en el otro. Está la carencia de comienzo de una serie —que el orden temporal no tiene primer término, ningún antes más temprano— y está la carencia de fundamento, que sería un hecho no acerca de la serie sino acerca de su ser: que su actualidad no se recibe de otro, y por ello no requiere fundamento alguno más allá de sí. Ambas son ortogonales. Una serie sin primer miembro sigue siendo una serie de miembros, cada uno con la marca que el corpus ha nombrado, y una suma de derivados no es por ello no derivada; así, la carencia de comienzo puede concederse al universo sin costo ontológico alguno, mientras que la carencia de fundamento no puede concederse a nada que no sea Dios. Se muestra que la duración es una magnitud dentro de la figura, el gemelo temporal de la extensión espacial, de modo que un universo sin comienzo es un caso más de lo infinito en un respecto y no de lo infinito sin cualificación. La pretensión de presentar la duración sin fin como autosuficiencia queda expuesta como la última fortaleza de ¿La ley se explica a sí misma? bajo ropaje temporal: o bien reafirma que el orden perdura, lo cual no elimina contingencia alguna, o bien pretende alcanzar una autosubsistencia que ninguna longitud puede proporcionar, la cual es el No Derivado bajo un nombre más frío. Se recibe a Aquino como el testigo más sobrio, pues negó que la razón pudiera probar imposible un mundo creado sin comienzo, y sostuvo que tal mundo no sería menos creado, ya que la creación es la procesión del ser y no un primer segundo. Y la ausencia de comienzo en Dios se distingue de la hipotética ausencia de comienzo del mundo como la eternidad se distingue de la sempiternidad, el totum simul de una recta sin fin, de modo que aun aquí la palabra compartida es analógica y no unívoca. El último ídolo cae con los demás: el Fundamento no es el miembro más antiguo de la serie, como tampoco es el más grande; se llega a Él saliendo de la serie, único lugar donde surgen las longitudes.


I. La palabra vuelta hacia el tiempo

La meditación que da ocasión a este ensayo puso dos frases una junto a otra y las sintió rechinar. Dios es infinito. El universo es infinito. Y bajo la primera oyó una inquietud que no se aquieta por sí sola: ¿no dice ya, al llamar infinito a Dios, que Dios, como una recta sin fin, se extiende sin un primer punto —que ser infinito es carecer de comienzo, y que así carecer de comienzo es, de algún modo, la marca de lo divino? Y bajo la segunda, un temor más frío: si también el universo fuese infinito, ¿no habría alcanzado, al cabo, un atributo que pertenece a su Fundamento, cerrando en esa medida la distancia que todo el corpus se ha esforzado por mantener abierta?

Ambas inquietudes se disuelven con el mismo movimiento, y es un movimiento que este corpus ya ha hecho antes. ¿Divide la relatividad el Ahora? halló la palabra ahora cumpliendo dos funciones y los separó: el ahora-simultaneidad del físico, una relación que se extiende a través del espacio, y el ahora-actualidad de la topología, el cruce que no se extiende hacia nada. La relatividad dividió el primero y jamás tocó el segundo, porque el segundo nunca fue un corte del espacio. Al hacerlo, el ensayo purgó de la explicación del Ahora su última imagen espacial —el presente cósmico tendido a lo largo de los cielos— y dejó el cruce más puro por esa pérdida. Este ensayo realiza la contraparte temporal. Toma la palabra sin comienzo, y tras ella la palabra fundamento, y halla en ellas el gemelo de una figura espacial: la imagen de un Fundamento que sería la primera cosa en la línea del tiempo, el miembro más antiguo de la serie, la cabeza de la que desciende lo demás. Y elimina esa imagen como la relatividad eliminó la otra, pues el Fundamento no es el primer término de la serie temporal más de lo que es la mayor región del espacio. No es, en absoluto, un término de la serie.


II. La objeción en su forma más fuerte

Concédasele al escéptico la mejor forma de su caso, pues las formas suavizadas no merecen respuesta. No dice que el universo se causara a sí mismo, ni que surgiera de la nada, ni que hubiera antes de él un vacío en el que después se introdujera el ser. Dice algo más limpio y más duro. Dice que el universo siempre fue. No hubo un primer momento en el que una causa pudiera actuar, ningún estado más temprano que reclamara uno anterior; la serie de los antes corre hacia atrás sin fin, y en ningún punto de ella hay una brecha donde un fundamento fuese necesario y faltase. Cada estado queda explicado causalmente por el estado que lo precede, y siempre hay un estado que le precede. La cadena no pende de ningún primer eslabón porque no tiene primer eslabón, y una cadena sin primer eslabón, dice, no pende de nada porque no necesita nada de lo que pender. Pregúntese qué sostiene la serie entera y sin fin y se habrá formulado, según él, una pregunta que la serie ya ha respondido término a término. Cada momento, según él, queda explicado por su predecesor; la interminabilidad garantiza un predecesor para cada uno; la explicación nunca se agota, y donde la explicación nunca se agota, no se debe fundamento ulterior alguno.

El movimiento oculto es una transposición: lo que se concede como explicación término por término se transfiere silenciosamente a la serie entera. Pero dar cuenta de por qué cada miembro se encuentra en relación con un miembro precedente no es todavía dar cuenta de por qué la serie de tales miembros está ontológicamente fundamentada.

Esta es la forma temporal de lo más fuerte que el incrédulo puede decir, y conviene ver que es exactamente la misma afirmación que ¿La ley se explica a sí misma? enfrentó en su ropaje espacial y nomológico, ahora vestida con la túnica de la duración. Allí el orden estaba «sin más ahí»; aquí está «siempre ahí». Allí el término era la ley más profunda; aquí es la interminabilidad del pasado. El ensayo no fingirá que él dice algo más débil que esto: que la carencia de comienzo no es una privación que el universo padece, sino una suficiencia de la que goza, el rasgo mismo por el cual escapa a la necesidad de un Fundamento.


III. La semirrecta, la recta y los tres ejes

Tómese primero la menor de las dos inquietudes de la meditación, porque despejarla deja al descubierto la estructura que la mayor necesita. ¿Dice, al llamar infinito a Dios, que Dios carece de comienzo? No lo dice, y la razón es que infinito y sin comienzo no son siquiera el mismo predicado. Una semirrecta comienza en un punto y se extiende sin límite; es infinita en extensión y tiene un extremo, ambas cosas a la vez. De modo que la infinitud, por sí sola, no dicta veredicto alguno sobre los comienzos; una cosa puede ser infinita en una dirección y acotada en la otra, como la semirrecta, o acotada en extensión y sin comienzo en el tiempo, como un lazo cerrado de longitud finita podría recorrerse para siempre. Las palabras responden a preguntas distintas, y el primer desasosiego de la meditación no es sino las dos preguntas oídas como una sola.

Sepárense con limpieza, pues el ensayo entero vive en la separación. Hay aquí tres preguntas, y tres ejes, y la disciplina consiste en no leer nunca el veredicto sobre uno a partir del veredicto sobre otro. El origen temporal pregunta: ¿tiene la serie temporal un primer término, un antes más remoto, anterior al cual no hay ningún otro antes? La infinitud pregunta: ¿es este ser ilimitado en el respecto que se está considerando? Y la dependencia pregunta: ¿la actualidad de este ser se recibe de otro, o es no derivada? Una semirrecta resuelve el primero y el segundo de manera independiente —extremo aquí, ausencia de límite allá— y no dice nada en absoluto del tercero, por ser una figura y no una existencia. Dios carece de comienzo, es infinito, y es no derivado; pero estos son tres predicados y no uno, y el corpus siempre ha insistido en que se ganen y se enuncien por separado, so pena de las confusiones que siguen cuando se deja que una sola palabra haga el trabajo de tres. Y el primer predicado se dividirá a su vez antes de que el ensayo concluya, pues el modo en que Dios carece de comienzo no es el modo en que lo sería un mundo sin comienzo —pero esa división pertenece a la Sección VII, y no debe anticiparse aquí.

Ahora la inquietud mayor puede enunciarse en su forma verdadera. Cuando el escéptico llama al universo sin comienzo, ¿en qué eje lo ha movido? Solo en el primero. Ha dicho que la serie temporal no tiene primer término. Nada ha dicho, al decirlo, acerca del tercer eje —nada acerca de si esa serie sin comienzo es no derivada o recibe su ser de otro. Y todo el error que la meditación hizo bien en olfatear es el deslizamiento silencioso del primer eje al tercero: la suposición de que eliminar el comienzo es, con ello, eliminar la necesidad de un fundamento, como si sin primer término y sin fundamento fueran un solo veredicto dicho dos veces. Son dos veredictos, en dos ejes, y la única labor del ensayo es mantenerlos separados.


IV. La duración es una magnitud

¿Por qué se siente tan natural el deslizamiento? Porque la duración lleva el disfraz de la profundidad. Un pasado muy largo se siente como si descendiera hacia el fundamento, acercándose a la autosuficiencia cuanto más atrás corre, de modo que un pasado infinito parece alcanzar la autosuficiencia en el límite. El disfraz se despoja con un solo reconocimiento: la duración es una magnitud medible a lo largo de una historia temporal, así como la extensión espacial es una magnitud dentro de la geometría física —un predicado dentro de la figura, no una salida de ella. Suponer una historia temporal sin comienzo es hacer ilimitada su extensión temporal; no traslada la historia fuera del orden en que la duración se mide. Una edad sin fin es infinitud en el respecto temporal, precisamente como el alcance ilimitado es infinitud en el respecto espacial. La duración es una magnitud interna de la serie, no una propiedad que eleve la serie fuera del orden de lo recibido. Es una instancia más de lo infinito en un respecto que la meditación ya había aprendido a distinguir de lo infinito sin cualificación. El universo, aun si fuese infinitamente antiguo, lo sería dentro del tipo de cosa que es: seguiría siendo un orden físico, seguiría estando compuesto de realidades derivadas, seguiría poseyendo las estructuras determinadas propias del orden físico. Su interminabilidad de edad sería un atributo dentro de la serie, no una graduación fuera de ella, tal como lo sería su interminabilidad de extensión.

Y ahora el temor tras la segunda frase de la meditación puede responderse por entero. ¿Comparte un universo sin fin un atributo con su Fundamento? Solo analógicamente, nunca unívocamente —y la misma distinción ya hecha respecto de la infinitud se aplica ahora a la duración. Ya toleramos la analogía por doquier. Una recta es infinita; un universo podría ser espacialmente infinito; Dios es infinito; la palabra común no fija ningún estatuto ontológico común. Así también aquí: una serie puede ser sin comienzo; un universo podría carecer de comienzo; Dios carece de comienzo; la palabra compartida no hace divino al universo, como tampoco llamar «bueno» al hombre justo lo hace Dios. La criatura que fuese infinitamente antigua poseería su interminabilidad de manera derivada y dentro de un orden; Dios no carece de comienzo por participación en alguna longitud llamada interminabilidad. Los predicados riman; los seres no.

Manténganse, pues, limpias las categorías, porque toda la ganancia se pierde si se confunden. El punto decisivo no es que el pasado del universo no sea lo bastante largo, como si uno más largo sirviera mejor; ni que sea demasiado largo; la longitud es, sencillamente, el eje equivocado. Por más atrás que corra la serie, cada uno de sus términos es derivado exactamente en el sentido que fijó ¿La ley se explica a sí misma? —cada uno porta una estructura que no se confiere a sí mismo— y la frase rectora del ensayo regresa aquí intacta: una suma de cosas cada una de las cuales es derivada no es por ello una cosa que sea no derivada. Añadir «y la suma no tiene primer término» no cambia palabra alguna de ella. Alarga la línea. No levanta la línea de la página.


V. La última fortaleza con ropaje temporal

Queda la jugada más fuerte del escéptico, y un ensayo que la rodeara merecería sospecha. Dirá que la carencia de comienzo no es meramente una longitud sino una suficiencia: que un universo que siempre fue no necesita fundamento precisamente porque nunca hubo un momento en que no fuese, ninguna transición de la nada al algo que una causa hubiera de efectuar. La existencia sin fin, dice, es existencia que se sostiene a sí misma; lo que nunca tuvo que llegar a ser nunca tuvo que ser traído al ser.

Esta es la última fortaleza de ¿La ley se explica a sí misma?, reconstruida en piedra temporal. Allí el naturalista fortificó el orden llamando necesarias a sus leyes, y la fortaleza cayó ante una sola distinción entre dos necesidades que una misma palabra ocultaba: la necesidad nomológica, el que una ley valga donde vale, que no elimina contingencia alguna y no hace sino reafirmar la regularidad; y la necesidad metafísica, aquello que no podría no ser, que la física no puede proveer y que, llevada coherentemente hasta sus consecuencias, conduce al No Derivado por un camino más frío. La fortaleza temporal cae ante el mismísimo corte. «El universo siempre fue» significa una de dos cosas. Puede significar que la serie temporal no tiene primer término —un hecho acerca de la ordenación de los antes, el análogo temporal de la necesidad trivial. Y esto no elimina contingencia alguna; dice que la serie es larga, en efecto sin fin, y la interminabilidad no es aseidad. Alargar el pasado no cambia el estatuto modal de ningún término dentro de él. O puede significar que el ser del universo no se recibe en absoluto, que no podría no-ser, que es actual no por recibir la actualidad sino por serla —y esto no es un hecho que la física o la cosmología alcancen extendiendo el pasado, pues todo estado que alcanzan, por temprano o tardío que sea, es una actualidad recibida más; es el No Derivado deducido, no el universo descrito.

Concédase al escéptico, en gracia del argumento, aquello que no puede obtener alargando el pasado: supóngase que hubiera en la raíz del mundo algo cuya inexistencia es imposible, en lo cual esencia y existencia no se separan, que es actual de manera no derivada y confiere lo que lo contingente recibe. Al alcanzarlo, no habría dotado al universo de autosuficiencia. Habría alcanzado, más allá del universo, su Fundamento, y le habría dado un nombre cosmológico. Pues esa realidad no es el mundo sin comienzo; es lo que la tradición entiende por ipsum esse subsistens, y el mundo sin comienzo permanece, frente a ella, como la serie de lo recibido.

Y la razón más honda de que la fortaleza no pueda sostenerse es la que ya asentó ¿Qué sostiene el Ahora?: la dependencia constitutiva no admite un «de otro modo», y por eso la dependencia constitutiva no reside en un primer momento ni puede eludirse suprimiéndolo. El corpus corrigió, en aquel ensayo, el adverbio que ponía la sucesión del lado equivocado: la criatura recibe de continuo y en serie; el Fundamento da sin sucesión y sin movimiento, en un solo acto que no está ensartado a lo largo de ninguna línea temporal. Sustentar no es conservar una cosa contra una tendencia a decaer, sino constituir su ser actual, de suerte que, si la dependencia cesara, nada caería, porque nada se sostenía por sí mismo para empezar. Véase lo que esto hace con el caso sin comienzo. Si fundamentar fuese un primer empujón —un acto en el instante inicial, que pusiera en marcha la serie—, entonces una serie sin instante inicial no tendría, en efecto, lugar para él, y el escéptico vencería al quitar el punto de apoyo. Pero fundamentar nunca fue el primer empujón. Es el constituir cada actualidad recibida en cuanto recibida, en todo término de la serie por igual, y una serie sin primer término no tiene término alguno exento de ser recibido. Elimínese el comienzo y no se remueve nada del lado donde está el fundamentar, porque el fundamentar nunca estuvo en el comienzo. Estaba bajo la longitud entera, sosteniendo una línea que, de suyo, no posee más fundamento en sus tramos sin fin que en cualquiera de sus segmentos —es decir, ninguno.


VI. La concesión de Aquino

Aquí ha de recibirse la tradición, y recibirse con cierto asombro, porque alcanzó este terreno antes y lo sostuvo con más sobriedad de la que el creyente moderno suele atreverse. Es un lugar común suponer que la doctrina de la creación se sostiene o cae con un primer momento —que ser creado no es sino haber sido encendido en un instante inicial, y que un universo sin comienzo sería, por tanto, uno increado. Aquino negó exactamente esto, y distinguió ambas cosas con notable sobriedad filosófica. En De Aeternitate Mundi concede, en gracia de la distinción, que un mundo sin comienzo temporal no es algo que la razón pueda mostrar imposible; y sostiene al mismo tiempo que tal mundo no sería menos creado, no menos enteramente derivado, pues la totalidad de su ser, aun a lo largo de una duración sin comienzo, procedería del Primero. Que el mundo comenzó lo sostiene él como artículo de fe, revelado y creído, no como conclusión a la que llegue la demostración; y su comienzo, allí donde se afirma, se afirma como una verdad acerca del mundo y no como el mecanismo de su dependencia.

La razón es la que todo este corpus ha venido transcribiendo. La creación, para Aquino, no nombra un cambio de la nada al algo, un primer evento a lo largo de una línea; nombra la procesión de todo el ser de la criatura desde la causa universal del ser —la creación no es un cambio de un estado preexistente a otro— y la dependencia que instituye es un orden de origen y no de tiempo. Una criatura eterna a parte ante tendría su esse de otro exactamente igual que una criatura hecha ayer, porque la dependencia en el ser no se mide por la duración del ser que depende. El punto de Aquino es que la creación nombra una dependencia en el ser, no meramente un acontecimiento temporal. Así, «creación sin comienzo» no es, para el más sobrio de los testigos, contradicción alguna, sino la exhibición más limpia posible de la distinción que este ensayo busca establecer: que sin comienzo y sin Fundamento no son una sola afirmación sino dos, y que la primera puede concederse por entero mientras la segunda se rechaza por entero. Aquino concedió la longitud. Nunca concedió la aseidad, porque la longitud nunca fue lo que estaba en juego.


VII. Dos maneras de ser sin comienzo

Se debe una distinción más, y es la que evita que este ensayo fuerce en exceso un término, como el ensayo fundacional había forzado el término simultáneo. La meditación temía que un universo sin comienzo compartiera un atributo con Dios, que es también sin comienzo. Pero aun aquí, en el predicado mismo, la atribución es analógica y no unívoca, pues la carencia de comienzo de Dios y la presunta carencia de comienzo del mundo no son dos magnitudes de un mismo tipo, sino dos modos radicalmente distintos. Boecio trazó la línea y este ensayo solo la hereda. Una cosa es, escribió, ser llevado a través de una vida sin fin, que los filósofos atribuyeron al mundo; otra abrazar de una vez la presencia entera de una vida ilimitada, lo cual pertenece solo a la mente divina. Lo primero es una sucesión temporal sin comienzo —lo que puede llamarse sempiternidad, en contraste con la eternidad—, una sucesión sin primer término, en la que cada momento se posee solo a medida que los anteriores se dejan atrás. El escéptico trata la eternidad como una sempiternidad máxima, que es precisamente lo que Boecio niega. Lo segundo es la eternidad —el totum simul en que el corpus se ha apoyado desde ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí?—, la posesión entera y simultánea de una vida sin término, en la cual no hay sucesión que atravesar porque no hay antes ni después que recorrer.

Así, las dos maneras de carecer de comienzo son radicalmente distintas en estructura. El universo, si careciera de comienzo, carecería de él por tener una sucesión sin fin —sin comienzo porque la línea de sus antes no tiene primer punto. Dios es sin comienzo por no tener sucesión alguna —sin comienzo porque no está en la línea de los antes como para tener uno primero. Dios no carece de comienzo por poseer una duración temporal infinita; carece de comienzo porque la duración temporal no pertenece a su modo de ser. El uno es sin comienzo por extender la serie sin fin; el otro es sin comienzo por no ser un miembro de la serie. Se encuentran en una palabra y se separan en todo lo que la palabra está haciendo. Llamarlas el mismo atributo es incurrir en el error contra el que advirtió el ensayo sobre la relatividad en su propio registro: tomar la eternidad de Dios por el caso mejor y más largo de la duración del mundo, el reloj maestro, la sempiternidad suprema —cuando la eternidad no es un tiempo más largo sino la ausencia de la sucesión que el tiempo es. Los divinos «años que no tendrán fin» no son una cantidad de años que excede a toda otra; son la ausencia de años de aquel de quien la Escritura dice, en la misma frase, tú eres el mismo.


VIII. El ídolo temporal

Ahora el patrón del corpus se completa, y conviene verlo entero, porque los ensayos han venido demoliendo un ídolo por vez y este es el segundo de un par. Toda tentación de hallar el Fundamento ha sido una tentación de sentarlo dentro de la figura como su miembro máximo a lo largo de algún eje. ¿Divide la relatividad el Ahora? expuso el ídolo espacial: el Dios que sería el marco privilegiado, el corte verdadero, el mirador desde el cual todos los eventos son al fin simultáneos —la cosa más grande y mejor situada del espacio, el reloj maestro entre los relojes. Y lo rechazó, porque un dios que es el marco privilegiado es un dios dentro de la geometría, un observador más, situado de manera suprema, y el Fundamento no es miembro de aquello que fundamenta.

Este ensayo expone el ídolo temporal, que es el mismo error rotado sobre el eje del tiempo: el Dios que sería la primera causa a la cabeza de la línea, la cosa más antigua, el término inicial del que la serie desciende —aquel cuyo único oficio es haber estado allí antes que lo demás, haber puesto en marcha lo que no podía ponerse en marcha por sí mismo. Y ha de rechazarse por la razón idéntica. Un dios que es el primer término es un dios dentro de la serie, un momento privilegiado por ser el primero, y el Fundamento no es miembro de la sucesión que fundamenta. Por eso la carencia de comienzo del escéptico, lejos de poner en aprietos a la teología, le presta un servicio que la abolición espacial ya prestó en su propia dimensión: elimina el ídolo mismo por el que la doctrina se confundía una y otra vez. Quítese el primer momento y no se ha quitado el Fundamento; se ha quitado la falsificación —el Fundamento imaginado como un primer evento— y se ha dejado el verdadero exactamente donde siempre estuvo, bajo la línea entera y en ningún punto sobre ella.

Pues los dos ídolos son un solo ídolo, y las dos aboliciones una sola lección. El ídolo espacial sienta al Fundamento como la mayor región; el ídolo temporal lo sienta como el instante más temprano; ambos suponen que se llega a Él llevando una magnitud de la figura a su límite —el espacio más extenso, el tiempo más antiguo. Ambos ídolos surgen de maximizar una magnitud creada y confundir el caso límite con el Fundamento. No se llega a Él por ninguno de esos caminos, porque no se encuentra en ninguno de los ejes de la figura. No se alcanza el Fundamento maximizando la extensión ni la edad, buscando lo más grande o lo más antiguo, pues ambos son miembros de la serie en la que surgen la magnitud y la edad. Se arriba a Él, si la palabra arribar puede admitirse para lo que nunca estuvo a una distancia, saliendo de la serie —lo que solo equivale a decir, viendo que la totalidad de su longitud y de su anchura, sean o no infinitas, es recibida.


IX. Un enunciado formal

Tres frases que fijan las distinciones centrales de este ensayo.

Sin comienzo nombra un hecho acerca de la serie —que no tiene primer término; no derivado nombraría un hecho acerca de su ser —que su actualidad no se recibe de otro y por ello no requiere fundamento ontológico alguno más allá de sí—; y ambos se sitúan en ejes distintos, de modo que el primero puede concederse al universo sin costo ontológico alguno, pues una serie sin primer miembro sigue siendo una serie de realidades recibidas, mientras que el segundo no puede concederse a nada que no sea Dios.

La duración es una magnitud dentro de la figura, el gemelo temporal de la extensión espacial, de modo que un universo infinitamente antiguo es infinito solo en un respecto y dentro de un orden, como lo es uno espacialmente ilimitado; la interminabilidad de la edad es un atributo de la serie y no una graduación fuera de ella, y no confiere más aseidad que la interminabilidad del tamaño.

La carencia de comienzo divina es eternidad y no perpetuidad —la posesión entera y simultánea de una vida sin término, sin sucesión—, mientras que la de un mundo sin comienzo sería una sucesión temporal sin comienzo, sin primer término; ambas comparten una palabra y difieren radicalmente en estructura, y el Fundamento es sin comienzo por no ser un miembro de la serie, no por ser su miembro sin fin ni su miembro más temprano.


X. Coda

El escéptico puede quedarse con la longitud. Esa es, de nuevo, la extraña misericordia del argumento y toda su modestia: nada se le quita. Corra el pasado hacia atrás sin fin; haya un estado antes de cada estado, y ningún primer amanecer del mundo; sea el universo, si le place, sin un primer momento temporal, más antiguo que todo reloj porque ningún reloj podría marcar su comienzo. Ni un solo término de la serie sin fin se tacha del inventario, y ningún hecho dentro de ella se alzará a contradecirle, porque el Fundamento nunca iba a ser un hecho dentro de ella —ni el primer hecho, como nunca fue el mayor.

Pero no puede conservar, al conservarla, aquello que quería que la longitud le comprara. Alcanzó la interminabilidad rehusando, en cada término, dejar que un momento se sostenga como su propia razón —cada uno explicado por el anterior, y siempre hay uno anterior. Y ante el todo depone el rechazo, y deja que la serie sin fin se sostenga como su propia razón, con el argumento de que no tiene primer término por el cual preguntar. Puede hacerlo. Lo que no puede hacer es llamarlo un descubrimiento, ni fingir que la interminabilidad respondió a la pregunta que todo tramo finito de ella dejó abierta. La línea no se fundamenta a sí misma por ser larga. Tampoco por ser interminable. De hecho, el propio escéptico ha explicado cada uno de sus tramos por referencia al tramo anterior; y, sin embargo, al llegar al todo concede a la serie una excepción que no concedió a ninguno de sus miembros: que no tenga que responder ante nada ulterior, simplemente porque ha decidido dejar de preguntar.

Y he aquí el descubrimiento bajo el argumento entero, el que hace de este ensayo una continuación de la corrección de la relatividad y no meramente otra prueba de un hacedor. Dios no es sin comienzo porque su duración alcance más atrás que la del universo. Carece de comienzo porque la duración temporal no pertenece a su modo de ser. El ensayo sobre la relatividad tomó del Ahora su última imagen espacial y halló el cruce más puro por esa pérdida; este toma del Fundamento su última imagen temporal —el largo alcance hacia atrás, la edad sin fin, la primera y más antigua cosa— y halla que lo que queda no es un tiempo más largo, sino la ausencia total de duración temporal: no la más antigua de las duraciones temporales, sino aquello para lo cual la duración temporal no es una categoría.

Contaron los años, y no hallaron al Anciano de Días; desde el alcance sin fin del tiempo no pudieron conocer a Aquel que es —no porque estuviera en su comienzo y ellos no hubieran remontado suficientemente el pasado, sino porque nunca fue un momento en la línea que pudiera hallarse, no siendo la cosa más antigua que existe, ni la más duradera, sino la razón de que haya duración alguna que pueda ser sin fin:

YO SOY EL QUE SOY.



Referencias

  • La Sagrada Biblia. Revised Standard Version, Second Catholic Edition. Ignatius Press, 2006. Traducciones de los pasajes bíblicos al castellano por el autor. (Hebreos 1, 10-12; Salmo 90, 2; Salmo 102, 25-27; Éxodo 3, 14; Daniel 7, 9.)
  • Aristóteles. Física. Libro VIII. (Sobre la eternidad del movimiento y el mundo sin comienzo temporal.)
  • Boecio. The Consolation of Philosophy. Trad. W. V. Cooper, 1902. Libro V, prosa 6. Traducción al castellano del pasaje por el autor.
  • Aquino, Tomás de. Sobre la eternidad del mundo (De Aeternitate Mundi). Traducción de Cyril Vollert. Marquette University Press, 1964. (Que un mundo creado sin comienzo temporal no es demostrablemente imposible.)
  • Aquino, Tomás de. Suma teológica. I, q. 46 (sobre el comienzo del mundo como artículo de fe, no de demostración); q. 44-45 (sobre la creación como procesión del ser desde la causa universal, sin cambio).
  • Leibniz, Gottfried Wilhelm. Principios de la naturaleza y de la gracia, fundados en la razón. 1714. (El principio de razón suficiente, y por qué una serie eterna de contingentes no provee la suya propia.)
  • Gaitan, Oscar. ¿Necesito Yo al Tiempo, o necesita el Tiempo de Mí? La ontología del Ahora, la invariancia de la presencia y el Fundamento del ser. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Qué Sostiene el Ahora? Sobre la Lemniscata madura, la dependencia constitutiva y el Fundamento bajo la figura. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿La ley se explica a sí misma? Sobre el orden físico, las dos detenciones, y el Fundamento que la figura no puede aportar. 2026.
  • Gaitan, Oscar. ¿Divide la Relatividad el Ahora? Sobre la dilatación del tiempo, la relatividad de la simultaneidad y el Ahora que no es un corte. 2026.


Lecturas Complementarias

Monografía


Ensayos Seleccionados